Las alas

Habían pasado ya varios días desde la tragedia, y la opinión pública se mostraba más y más enfebrecida. En su gabinete, Tomás Pérez, inspector jefe de polícia, discutía acaloradamente con la experta al mando de la investigación, Julia Castelar. Llevaban días sin dormir. Necesitaban comprender, cuanto antes, qué había ocurrido.

—Recapitulemos. ¿Qué sabemos a ciencia cierta? —preguntó Pérez, que masajeaba su frente con los dedos, sentado, dejando entrever el peso del cansancio.

Castelar se hallaba erguida frente a la ventana, perdida, mirando al infinito. Como si de un autómata se tratase, respondió:

—El vuelo 113 de X Airlines despegó a las trece horas del aeropuerto de París Charles de Gaulle con destino Ajaccio. Siguió la ruta de acuerdo al plan de vuelo durante una media hora. Poco después se estrelló en pleno mar Mediterráneo. —De vuelta a su ser, se giró hacia Pérez y apostilló—: ¿Saben ya algo de la caja negra?

—No ha sido encontrada —respondió casi instantáneamente Pérez, que movía el talón, agitadamente, de arriba a abajo—. Las kilométricas aguas del Mediterráneo hacen la búsqueda harto difícil. Solo han sido halladas las alas, sobre las que se encontraron, temblorosos, los únicos supervivientes.

—¿Y sus testimonios? Podrían arrojar luz sobre lo que ocurrió allí arriba —insistió Castelar.

—Solo parecen coincidir en que atravesaron una zona de fuertes tormentas. ¿Pudo un rayo derribar la aeronave?

—Improbable —respondió, haciendo una pausa para hilvanar una respuesta que justificara tan rotundo comentario—. La estructura metálica del fuselaje del avión lo convierte en un conductor cerrado, dentro del cual no sobreviven los campos eléctricos. Tampoco hay evidencia de que fallaran los motores, ni los mandos. Presumiblemente, el avión se encontraba en condiciones de continuar el vuelo y aterrizar con seguridad.

—Pero me consta que algunos instrumentos fueron dañados por las corrientes eléctricas. El indicador del altímetro, por ejemplo, marcaba una altitud de menos diez pies —insistía, incrédulo, el inspector Pérez.

—El barométrico —replicó Castelar, alargando la ``e'' notablemente—. Este se basa en medidas de la presión atmosférica, que disminuye a medida que aumenta la altura, para determinar la elevación de la aeronave. Pero el modelo de avión siniestrado dispone de otro altímetro que se sirve del sistema GPS. Aparentemente, no fue dañado. Así lo atestiguó el piloto durante la conversación que mantuvo con la torre de control antes de detener los instrumentos de comunicación que, a su juicio, podían desencadenar otros incidentes tras los daños en el sistema eléctrico.

—¿Quizás esa decisión influyó en la repentina caída del avión?

—Lo dudo. El avión se precipitó hacia el suelo repentinamente, pero la entrada en pérdida no ocurrió hasta pasados veinte minutos de la conversación. Hasta entonces, el vuelo siguió una trayectoria normal. Así lo atestiguan los registros de los radares secundarios.

—Pero... ¿Cómo pudieron funcionar dichos radares?

—Son radares terrestres. Emiten ondas electromagnéticas que alcanzan al avión, son reflejadas por el mismo y, más tarde, recibidas de nuevo en tierra. Pueden rastrear un vuelo aún cuando el ADS-B del mismo, que transmite la información colectada por el sistema de navegación, se encuentra impedido.

—¡Pues ya me dirá usted cómo un moderno 737, con combustile de sobra para atravesar los Estados Unidos de costa a costa, se desplomó en menos de una hora sin que la adversidad meteorológica jugase ningún papel! —continuó Pérez a voz en grito.

Castelar enmudeció. Su rostro se fue tornando más y más pálido, mientras languidecía, inmóvil, sin parpadear, frente a la mirada atónita de Pérez. De repente, comenzó violentos aspavientos.

—¡Las alas! —gritaba—, ¡las alas! ¡Dijiste que los supervivientes se amarraron a las alas para no hundirse! ¿Verdad?

—Sí, ¿qué pasa?

Garrapateando en una ventana que usó a modo de pizarra, Castelar comenzó su exposición:

—El combustile se encuentra en la alas, y es mucho más denso que el agua. Si los depósitos hubieran estado llenos, o tan siquiera medio llenos, las alas se habrían hundido en el fondo del mar. ¡Es estática de fluidos básica, el principio de Arquímedes! Por algún motivo, el avión se quedó sin combustile en pleno vuelo. A continuación, los motores dejaron de funcionar, dejándolo a merced de la fuerza de la gravedad.

La conclusión era tan nítida como terrible. La tensión de Pérez y Castelar bajó a su mínimo. A pesar de la trágica evidencia, habían conseguido desentrañar las causas del accidente. Por primera vez en varios días, podían permitirse un minuto de descanso.
La investigación ulterior concluyó que los operarios del avión fueron informados de la cantidad de combustible con la que había de ser repostado el tanque del avión en unas unidades de medida distintas de las que mostraba el indicador del mismo.