A quien lo encuentre

Siempre había querido conocer aquellas islas que veía a lo lejos, mientras me bañaba todos los veranos en las aguas que ellas protegían del mar abierto. Por eso cuando supe que el club náutico organizaba un cursillo de submarinismo cuyas prácticas se realizarían allí me apunté sin dudarlo. ¡No podía perder aquella oportunidad de visitar un Parque Natural que normalmente estaba prohibido al común de los mortales!.

Las primeras clases teóricas fueron en tierra firme. El segundo día ya hicimos una pequeña inmersión en una recogida cala. Por fin el tercer día subimos al barco que nos llevaría a las islas soñadas. Recuerdo que estaba nerviosísimo. Tras 45 minutos surcando las olas llegamos a nuestro destino. Nos dieron nuestros trajes y nos recordaron las normas de seguridad: seguir al monitor, respirar con tranquilidad, mantenerse cerca del grupo, no sumergirse demasiado, no tocar ni coger nada del fondo marino… y empezamos nuestro paseo. ¡Qué hermosura de colores!, ¡Qué armonía de movimientos! Mirara donde mirara estaba rodeado de belleza, de vida…

Y entonces allí abajo, lo vi. Era como un nido de huevos brillantes, una ostra enorme de concha verduzca con un racimo de perlas en su interior… No pude reprimirme, descendí y alargué la mano para coger aquella preciosidad, pero cuando la tuve entre mis dedos noté que algo tiraba imperiosamente de mí hacia abajo y me arrastraba hacia las profundidades, me sentí envuelto en un torbellino de arena y agua, perdí la orientación, el sentido….

Cuando abrí los ojos unos extraños seres luminiscentes me rodeaban. Sus ojos vidriosos me miraban y su cuerpo traslucido dejaba ver un interior que no era humano. Me encontraba tumbado en el lecho marino y extrañamente noté que podía respirar, aunque con dificultad. En mi alocado descenso había perdido mi botella de oxígeno y el neopreno, rasgado y roto, me parecía cubierto de una especie de gelatina con ventosas que se adherían a mi piel y transmitían a cada uno de mis poros el oxígeno que necesitaban mis pulmones. Esa mucosa me convertía a mí también en luciérnaga marina, pues podía ver la punta de mis pies brillando en el otro extremo de mi cuerpo. Me vi a mi mismo ataviado con ese burka moldeante, con una ventosa que me tapaba la nariz y los labios, y me entraron ganas de reír, aunque la situación no tenía nada de cómica. Los seres que me acompañaban se inclinaron sobre mí y los movimientos de su boca de pez me indicaron que intentaban decirme algo que no pude entender. Entonces se deslizaron por el agua y me invitaron a seguirles. Descubrí que utilizaban sus pies como los peces su cola, en un movimiento lateral que partía de lo que podría considerarse sus tobillos. Y lo mismo sucedía con sus manos, que tenían los dedos unidos como los palmípedos y que sólo movían desde las muñecas. No nadaban, planeaban como los pájaros en el aire, aprovechando las corrientes y dejándose llevar por la fuerza del agua. No tenían ni orejas ni pelo ni nariz. Me llevaron a una cueva, una de muchas en una ciudad de cuevas, de grutas excavadas en la plataforma continental, a muchos metros bajo el agua. Allí otros tantos seres fosforescentes flotaban, nadaban, vivían.

Comprendí que mientras la humanidad se dedica a buscar vida en otros planetas, por el firmamento, en las profundidades submarinas hay un mundo insospechado que alberga formas de vida desconocidas. Pero comprendí también que su mero descubrimiento supondría su extinción. Y me di cuenta entonces de que nunca saldría de allí. Yo conocía ahora su secreto y dejarme marchar lo ponía en peligro. Pensé en mi familia, en todo lo que había dejado y que no volvería a ver jamás...

No sé cuánto hace que estoy aquí. Escribo esto en la soledad de mi cavidad acuática, con tinta de calamar y sobre la alargada hoja de un alga, esperando que en algún momento de la eternidad alguien pueda leerlo y sepa lo que me ocurrió.