LA CIENCIA ESTÁ PARA COMÉRSELA

A los miembros del departamento de bioquímica se les presentó un nuevo reto: participar en un concurso de cocina molecular cuyo premio en efectivo les vendría como agua de mayo para adquirir aquellos equipos que precisaban hacía algún tiempo.
Todos los integrantes del grupo, vieron aquí la oportunidad para poder adquirir dicho material ya que las ayudas que recibían eran escasas, a la vez que les seducía la idea de dar un giro en su trabajo cotidiano, investigando así en una línea totalmente diferente. Definitivamente, esto les serviría a su vez de divertimento.
Al día siguiente, los integrantes del departamento se reunieron a primera hora en el laboratorio y empezaron a desplegar la lluvia de ideas que cada uno traía después de una noche de continuos desvelos y consultas con la almohada.
Las propuestas iban desde distintos tipos de caviar de los sabores más dispares a cócteles fluorescentes o huevos fritos en nitrógeno. El equipo de científicos bullía en sí mismo.
Lo primero, hacerse con los materiales e ingredientes: probetas, pipetas y todo tipo de sustancias.
En una semana tenían todo listo para empezar a crear e investigar. Cada uno se encargaría de una “neo-receta” y tendrían que autoevaluarse entre ellos.
En el ambiente se palpaba los nervios, la ilusión y la incertidumbre por partes iguales.
Pasaron los días probando sabores y texturas e incluso hubo cabida para algún que otro intento fallido.
Pero esto no desanimó al grupo que, en pro de conseguir el triunfo cual Quijote frente a los molinos, no cesaban en su empeño de lograr exquisitos manjares que revolucionasen la cocina tradicional.
Cada ensayo sería probado por el resto de compañeros. Eran minutos de silencio donde todos, con una pequeña porción de tan innovador manjar en sus bocas, intentaban afilar al máximo sus paladares con el fin de conseguir la perfección suprema y encomendándose para que en aquellos instantes ninguno terminara convirtiéndose en mutante.
En líneas generales, las tentativas de cocina futurista fueron un éxito, buen color, sabor y textura y a cada logro, el grupo veía un paso más cera tan anhelada victoria.
El entusiasmo primó sobre el resto de sentimientos. Cada día llegaban más temprano al laboratorio y se iban más tarde.
Incluso a la hora de comer se les podía ver examinando su sandwich o plato de comida esperando que alguno de los ingredientes les revelase alguna clave que les ayudasen a llevar sus experimentos al culmen con éxito.
Después de muchos días de ensayos, pruebas y nervios, ultimaron el menú que iban a presentar . Platos en los que indudablemente pesaba más la longitud de su nombre que el tamaño de su ración, y es que, la cocina de diseño es lo que tiene.
Después de haber pasado la noche en blanco, nuestros chefs futuristas llegaron al palacio de congreso donde previamente se habían instalado improvisadas cocinas.
Otros tantos grupos, esperaban fuera, todos preparados con sus “armas” y “municiones”.
Ingredientes, utensilios y mil y una fórmulas en la cabeza memorizadas al milímetro.
Dos horas para realizar la prueba, nervios a flor de piel y frentes perladas de sudor. Delante, cinco caras totalmente inexpresivas, las de los jueces, que desearon un “que gane el mejor” en un tono tan solemne que sonó a un “te acompaño en el sentimiento”.
La adrenalina flotaba en el ambiente. Los miembros de cada equipo encajaban entre ellos como las piezas del “tetris”, dejando de manifiesto los días de minucioso ensayo. Todos actuaban sin prisas pero sin pausas.
Después de dos intensas horas la prueba tocó a su fin. Las gelatinas, los caviares varios, las algas luminiscentes y el nitrógeno brillaban en todo su esplendor. Mini-porciones más acordes a un catálogo de decoración que de cocina pero que prometían ser el éxtasis del sabor. El veredicto llegaría en un par de semanas.
El viaje de vuelta estuvo enmascarado de agotamiento e incertidumbre, pero el deseo de conocer el desenlace final hacía que en ninguno de ellos desapareciese el nudo del estómago.
Costó volver a la rutina. De nuevo, volver a estar pendientes de la mutación de alguna proteína y a hacer trasvases entre vasos de precipitado.
Se quedaban expectantes cada vez que entraba África, la jefa de departamento, a la espera de que trajese alguna noticia.
Por fin, el día más inesperado, entró en el laboratorio agitando un sobre en su mano.
La adrenalina volvió a fluir en el ambiente. Abrieron y sus ojos se posaron en una frase escrita en negrita donde se leía:Nos complace informarles que vuestro departamento ha sido el ganador del concurso de cocina molecular.
Las muestras de alegría se sucedieron.
Ese día, con la venia de todas las luminiscencias y algas fosforescentes, lo celebraron entre raciones de pescaíto frito, papas con chocos y copitas de manzanilla, brindando como no, por la cocina molecular.