Einstein me ayuda a estar más guapa

 
Siempre he tenido un punto friqui, que se dice ahora… De pequeña me quedaba embobada observando insectos o leía el tomo sobre mitología griega y romana de una enciclopedia de casa. Con esas características, es fácil adivinar en qué me convertí. Pues eso, en profesora de Física y Química. A lo largo de los años, fui leyendo bastante de divulgación científica. Encontré libros muy originales, porque mira que titular un libro “Conversaciones de Física con mi perro”… Eso me tranquiliza un poco, hay por ahí gente muy especial y, además, saben muchísimo. Pero el otro día me pasó algo que me inspiró a escribir.  
 
El sábado por la mañana fui a mi tercera sesión de depilación láser, técnica que está eliminando mi pesadilla recurrente de que estoy en la playa en bikini y, de pronto, me miro y… ¡horror!, no estoy depilada, ¡cómo no me he podido dar cuenta! En ese momento me despierto toda sudorosa y con mucha sed. Pues esa tarde ocurrió algo sorprendente y maravilloso en mi cerebro (fruto de las conexiones neuronales mientras dormimos). Me eché la siesta y soñé con Albert Einstein (sí, sí, el de la teoría de la relatividad, el de la foto sacando la lengua). Ahí estaba él, con sus zapatos sin calcetines y su pelo blanco al viento, y me dijo: “Tranquila, no vengo a recordarte que no te has depilado, estás perfecta, pero estoy muy sorprendido. Cuando teorizaba sobre la luz láser no imaginaba que iba a ayudar tanto a las mujeres (mientras giró la cabeza a un lado) y a los hombres (a unos cuantos metros había un veinteañero con musculitos y sin un pelo en su cuerpo). Tú tienes un arma muy poderosa y no lo sabes. Tú, que andas entre adolescentes, ¿por qué no explotas esa imaginación compulsiva que tienes?” Me quedé muy aturdida y le pregunté: “¿Pero cómo?” Y, de pronto, se desvaneció, mientras yo gritaba: “¡Eh, Albert, no te vayas…!”  
 
Así me desperté, confundida, con una sensación rara en los pies. Era Sagan, mi gato, que venía a saludarme, me tiene muy cogida la hora de la siesta. Lentamente me incorporé y me preparé un té que me sacudiera la torrija posterior al sueño. Cuando estaba tranquilamente sentada llamé a mi gato, pero no vino. ¿Dónde andaría Sagan? Entonces me vino el flash, mi gato podría estar en mi cuarto, delante del ordenador (a veces se queda mirando el fondo de pantalla) o apoyado en la ventana. En ese momento mi gato era como el de Schrödinger, o como las partículas, que a nivel cuántico contamos con una función de onda que representa sus posibles estados, ¡podía estar en varios sitios a la vez! Había distintas posibilidades de ubicación de mi gato, pero en cuanto lo encontrara estaría sólo en un lugar.  
 
Pensé en mi sesión de depilación, ¿cómo actúa el láser sobre mis poros para eliminar el vello? Curioseé un poco y me enteré de que la clave está en eliminar las células madre que hay en la epidermis, responsables del proceso de creación del pelo. El pelo crece gracias a que un intercambio de mensajes bioquímicos activa esas células madre germinativas. El pelo es el resultado de una multiplicación celular llamada mitosis que, para bien o para mal, tiene una tasa de crecimiento de las más altas del cuerpo humano, lo que sólo nos beneficia en la cabeza. O sea, que esas células madre germinativas, ahí escondidas, son las que amenazan el aumento de nuestro parecido a otra especie…Si acabamos con ellas, se acaba el problema. ¿Cómo hacerlo? Pues, aprovechando que el pelo es un conductor térmico, lo calentamos por encima de los 60 º C y así degeneramos las células germinativas que hay la base de cada pelito. Pero esto no convence mucho…, me vienen a la cabeza pollos desplumados en una granja, no quiero elegir entre depilada o chamuscada.   
 
Por suerte, tenemos melanina, sustancia presente en mayor o menor cantidad en nuestro vello (dependiendo de lo oscuro que sea) que tiene la propiedad de absorber luz y transformarla en calor. ¡Ojo!, tiene que ser luz roja pura con un láser (acrónimo en inglés de Light Amplified by Stimulated Emision of Radiation) de zafiro de 810 nm de alta potencia. El folículo piloso tiene que alcanzar esos 60 ºC en 30 ms, ni un parpadeo, para no freír el tejido circundante. Aun así, es necesario un sistema de frío entre – 3 ºC y 0 ºC que proteja la piel.   
 
  Podría haber seguido enredando para conectar todos los intereses estéticos de los jóvenes con la ciencia. De hecho, me costaba parar, en mi cabeza había una riada de sustancias neurotróficas. Mis conocimientos y mis inquietudes se empezaban a entender. Me sentía como Arquímedes gritando: “¡Eureka!”  Empezaba el primer capítulo de mi libro.