Caso clínico

Se llamaba Eva.
Desde su primera infancia algo había en ella que la hacía distinta a las demás niñas. Su abuela preconizó: ”En cuanto aprenda a leer os olvidáis de que tenéis hija”. No se olvidaron, claro, pero fue cierto que ella desaparecía entre las páginas del libro que tenía entre sus manitas y uno se daba cuenta de que seguía allí cuando oía sus carcajadas o sus sollozos, en función del contenido de su lectura.
A los 8 años su maestra vio otro indicio. Aquel día en que invitó a su madre, cuando fue a recogerla al colegio, a seguirla hasta el aula: “¡Mira!“ le dijo tendiéndole un folio. “¡Qué composición!, “¡Qué equilibrio cromático!”. La niña, seria como siempre, miraba a su madre mientras esta cogió aquella hoja de papel aparentemente llena de garabatos y sonrió sin entender nada.
A los 10 compuso un kit de pociones al estilo Harry Potter, y empezó a participar en concursos literarios en los que enseguida quedó finalista.
A los 12 su instituto la eligió como representante en un concurso matemático regional y ganó su primer premio en un certamen de cuentos provincial.
A los 15 dibujó una ciudad entera submarina que dejó boquiabiertos a los profesores y un ensayo histórico suyo fue reconocido por la embajada francesa con una estancia lingüística en este país.
A los 16 su investigación sobre García Márquez le valió un viaje a Colombia, en el que aprendió que el mundo era muy grande, que aún quedaba mucho por descubrir y que había muchas cosas que mejorar en él.
A los 17 se encontró en una encrucijada: le gustaba la historia y la literatura, la sociología y la antropología, el dibujo, la química y las matemáticas…
Sus padres le propusieron un descanso: “Tómate un tiempo y luego decides”
“Lo tengo claro: Quiero seguir estudiando, aprendiendo. Quiero ir a la Universidad”.
Y a los 18 se fue… ¡Qué desilusión!...
Hombres y mujeres rancios sin pizca de humanidad hablaban engolados desde sus palestras, escuchando su propia voz y recreándose en sus palabras. Desde el primer día dejaron claro a quien quisiera oírles que ellos eran los sabios y que los demás sobraban. “Mucha gente veo por aquí… Les aseguro que apenas un pequeño porcentaje conseguirá terminar sus estudios y sé positivamente que sólo una ínfima parte trabajará en el campo para el que se supone van a prepararse… si es que logran prepararse”. “Llevo más de 35 años en esta universidad y ya he hecho por ella y sus estudiantes más que de sobra. O sea que conmigo no cuenten para nada más que para darles clase”. “Sepan ustedes desde ahora mismo que necesitarán unas 4 horas para hacer el examen final y sólo dispondrán de dos”. “No voy a proporcionales apuntes. Total, no los entenderían”…

Eva trabajaba a su ritmo, tranquila iba avanzando en el temario, profundizando en la programación, siguiendo la guía docente… y cuando en las prácticas los profesores vieron que estaba adelantada: “¡Atención, señores, que tenemos una listilla en el aula!”.
Ese primer año de carrera empezaron sus dolores de cabeza. No dijo nada.
En segundo se ofreció a colaborar con algún departamento: “Aprenda algo primero y luego ya veremos”, le contestaron. Para entonces los dolores de cabeza eran ya tan fuertes que interferían en su cotidianidad.
Tras pruebas clínicas y reconocimientos médicos varios, ningún especialista supo dar una causa objetiva de su mal, y se escudaron en el estrés y la mala vida estudiantil. Pero ella era rigurosa y equilibrada. El único exceso que había en su vida era el tiempo dedicado al estudio, a la adquisición de conocimientos y a su posterior aplicación.
Cuando tras los exámenes de tercer curso regresó a casa su familia apenas la reconoció: ella siempre había sido pequeña y delgada, pero ahora parecía que la cabeza se hubiera reducido sobre sus hombros. Les dijo: “Es que se me está secando el cerebro. Noto como se me encoje en la cabeza. Me pongo a dibujar y sólo me salen formas geométricas, mis letras son algoritmos... Cada vez me cuesta más pensar, imaginar, crear.”
Nuevamente la llevaron al hospital. En los tratados de medicina figura registrado como el primer caso de jibarización natural.

Cuando varios de sus compañeros sufrieron el mismo proceso las autoridades clausuraron su Universidad de pata negra y siglos de antigüedad.
Lástima que Eva ya no estuviese allí para verlo.