BENDITA INOCENCIA

- Papá, ¿qué haces?
- Estoy interpretando los datos que he obtenido en mi último experimento.
- ¿Puedo ayudarte?
- Claro, tráete tu cuaderno y copia todos los números que hay en esta tabla.
- ¡Eso no vale! Quiero hacerlo como tú, que miras los números durante un rato grande, luego subrayas uno y, ¡ya está!
- Te propongo una cosa, yo te doy mis datos y tú me das tu cuaderno. Yo copio todos los números en tu cuaderno y a cambio tú subrayas el resultado correcto en mis datos, ¿vale?
- Sí, pero me tienes que dar pistas, que tú lo has hecho muchas veces y yo ninguna.
...
- Papá, no sé qué número escoger, no sé si este que tiene muchos ceros, o este que tiene letras también, o este que es tan largo, ¡qué difícil!
- Pues yo he acabado ya, mira qué bonito lo he hecho, esta fila la he puesto en color verde, estos con rotulador, y estos uno detrás de otro, como una manada de elefantes,... Pero, ¿se puede saber por qué estás llorando?
- Porque te ríes de mí.
- No, todo lo contrario, te he dado la opción de ayudarme copiando los datos y tú has escogido el camino que creías más fácil.
- Snif.
- Nunca te dije que fuera fácil. Yo he copiado datos como estos cientos de veces, tantas, que he aprendido a ver el resultado sin tener que copiarlos. Hay que trabajar muy duro, hacer muchas veces lo mismo, aunque no te mire nadie. Te tropiezas muchas veces, y te levantas, y no hay que tener pereza para volver a empezar desde el principio.
- Sí, pero, ¿cómo sabes cuál es el resultado bueno?
- Yo los miro todos y, el único que me mira a mí, es el resultado correcto.
- Papá, quiero ser científica, como tú.
- Nada me haría más feliz, hija.