Pimelia

PIMELIA
Cuando Pimelia se despertó esa madrugada después de un sueño intranquilo, se encontró sobre la arena convertida en una monstruosa humana.
Estaba tumbada sobre su espalda plana y, al levantar un poco la cabeza, pudo comprobar que tenía unas ridículas y alargadas piernas. Miró sus manos con desagrado. Contó lentamente: tenía diez dedos.
-¿Qué me ha ocurrido?- gritó temblorosa. Pero nadie contestó a esa pregunta porque Pimelia estaba sola, rodeada de kilómetros de arena en los que parecía no existir el horizonte. Tan sólo se escuchaba el murmullo del viento que, con su ímpetu, trasladaba aquellos montículos de lugar.
Pimelia cerró los ojos para volver a abrirlos. Nada había cambiado alrededor.
Esta misma mañana, Pimelia se escondió con sus amigas. Aunque siempre lo concebían como un juego, era una cuestión de supervivencia. Cuando el sol comenzaba a brillar con más fuerza, todas ellas corrían a ocultarse para conservar la humedad de su cuerpo: bajo una piedra, entre la arena…
-¡El que no se haya escondido, tiempo ha tenido!-solían canturrear.
Pero ahora estaba sola, se había transformado en una humana y, lo que era más insólito de todo, estaba tumbada boca arriba.
-¡Esto no puede estar pasando!-susurró mientras contemplaba la inmensidad del cielo por vez primera.
Hasta ese mismo instante, recuerda haber caminado sobre tres pares de patas, cargando con su inquebrantable caparazón negro. Hasta ese mismo instante, se había alimentado de restos de comida que otros habían desechado.
Por un hecho simple: Pimelia arabica era un escarabajo. Un insecto insignificante de la inmensa familia de los tenebriónidos. Nació en la Península Arábiga. De color negro y desprovista de alas. Emprendió un largo viaje junto a su familia huyendo de las guerras, de las perforaciones de petróleo. De los inmensos edificios de hormigón. Un trayecto infernal en el que perdió a varios miembros de su familia. Un calvario ardiente hasta alcanzar un pequeño país llamado Qatar. En sus dunas encontraron la paz que tanto anhelaban. Durante el día el calor era insoportable y solían bucear entre la arena para descansar. Cuando descendía la temperatura, emergían de su refugio para degustar suculentos manjares a la luz de la luna. Saboreando la agridulce sensación de ser unos supervivientes entre bloques de ladrillo y carreteras de asfalto.
Pero aquella maldita noche, todo dio un vuelco para la pequeña Pimelia. Su diminuto cuerpo se transformó en el de una mujer de piel oscura y complexión media. Perteneciente a una especie cruel y destructora. Y es comprensible por tanto que se sintiera extraña en ese envoltorio. Tambaleándose, consiguió ponerse en pie. Colocó su mano en la frente a modo de visera para protegerse de la luz. Caminando sin rumbo, posaba los pies con delicadeza para no aplastar a su prole.
Y fue entonces cuando optó por aprovechar su fisonomía humana para conocer en profundidad la historia de su propia especie. Emprender un intenso periplo para investigar la ubicación, los hábitos y el éxodo de estos diminutos seres que construían su árbol genealógico.
-Puedes llamarme Meli. Soy entomóloga-anunciaba estrechando la mano con firmeza a modo de presentación.
-Mi especialidad son las pimelias- y, ante las miradas de extrañeza, explicaba inmediatamente que se trataba de pequeños escarabajos redondos de color negro.
Estos escarabajos no fueron venerados en el Antiguo Egipto, no eran los habituales peloteros, ni el majestuoso ciervo volante…
Para encontrarlos, se informó de manera exhaustiva, preparó una improvisada maleta y tomó un avión que aterrizaba en la Península Ibérica.
Teniendo en cuenta la preferencia de estos insectos por las temperaturas suaves, su primer destino fue la provincia de Cádiz. Allí conoció a una prima lejana: Pimelia scabrosa. La tomó con delicadeza en la palma. No parecía asustada. Meli mantenía su capacidad para comunicarse con ellas. Con marcado acento andaluz, le relató emocionada que su familia provenía de Marruecos.
-Mis ancestros consiguieron cruzar el Estrecho de Gibraltar…-y su voz se quebraba unos segundos, cargada de emoción.
Meli escuchó en silencio aquel testimonio mientras tomaba notas en su libreta.
- Los primeros viajes se hicieron hace aproximadamente dos millones de años…Desafiaron las fuertes corrientes marinas del Estrecho para llegar a tierra firme. Flotando en la vegetación como inmigrantes que buscan un futuro mejor a bordo de embarcaciones ligeras. Otras llegaron aferradas a las plumas de las aves o como polizones en barcos de mercancías…Conservo unos primos en Tánger y Ceuta pero hace tiempo que perdí el contacto.
Distintos medios de transporte para iniciar una diáspora en ese país repleto de enclaves idóneos en los que echar raíces. Entre los cultivos, bajo olivos centenarios, en los bordes de un camino de tierra…
Meli introdujo a Scabrosa en un bote de plástico con agujeros para respirar. Después tomó un autobús rumbo a Alicante. No ofreceremos coordenadas concretas por cuestiones de precaución. Desde la carretera, Meli distingue el imponente perfil de una ciudad costera. De nuevo, enormes rascacielos y una fila interminable de automóviles formando una peculiar espiral de colores. La atmósfera es densa y pegajosa y decide detenerse en una sombra para repostar. De rodillas, Meli roe un pedazo de pan enmohecido ante la mirada atónita de un grupo de turistas.
-Tendré que alimentarme de manera más correcta. No me acostumbro a esta nueva situación, a esta naturaleza misteriosa en la que sigo siendo un escarabajo pero debo jugar a ignorarlo…
Por fortuna, su esencia de escarabajo se conservaba, bien cerrada, dentro del esqueleto.
Mientras repasaba mentalmente cuáles debían ser sus nuevos hábitos, levantó una piedra y se encontró por casualidad con Pimelia impercepta. Un escarabajo melancólico que luchaba por mantenerse a flote en un pequeño charco destilado por su propia tristeza.
Entre sollozos logra explicar el motivo de su desconsuelo:
-Provengo de una familia de exploradores, de intrépidos aventureros…Antes de que ese lago seco llamado Mediterráneo se rellenara con agua procedente del Atlántico, nuestra familia se separó buscando nuevos territorios que colonizar.
La pequeña Pimelia cribra formó una familia en Mallorca y Menorca. Otra de mis primas, Pimelia elevata se estableció tejiendo una red en Ibiza y Formentera. Pimelia interjecta era una trotamundos, un escarabajo errante que logró asentarse en la Península desde unas pequeñas islas llamadas Columbretes. Mis padres nacieron aquí, en las playas de El Saler, en Valencia. Allí fui criada junto a mis hermanos hasta que, movida por ese impulso aventurero, me lancé a emanciparme y conocer nuevas playas. En Benidorm conocí el amor, engendré muchos hijos y tuve una existencia plácida y serena junto a mi familia.
Un humano, una mañana, levantó la piedra tras la que descansábamos. Exactamente igual que acabas de hacer tú hace en este momento… Nos sentimos amenazados con su presencia, con el exhaustivo examen de dos ojos enormes tras una lupa…
Se llamaba Solier. Era entomólogo y gracias a su trabajo de investigación, los humanos conocerían nuestra existencia y respetarían nuestro hábitat.
Se llevó en un bote de plástico a dos de mis hijos con ese fin. Serían estudiados, cuidadosamente analizados en un laboratorio. Una beca de estudios en la gran ciudad. Sentí un agudo dolor en el pecho fruto de la despedida. Sería la última vez que los abrazaba…Estaba orgullosa de su valentía. Tan sólo esperaba que ese humano cumpliera con su palabra…
Después pasaron los años y allí no volvió ningún investigador. Todo se fue llenando de coches, de grúas y hormigoneras. De animales gigantes con ropa y sin corazón. Un fatídico día fui en busca de comida y al regresar nuestro hogar había quedado sepultado bajo esos enormes edificios…-rompió a llorar de nuevo interrumpiendo su testimonio.
-Ahora sólo quedamos cinco miembros. Condenados a un exilio forzado en busca de alimento y seguridad para preservar la supervivencia de nuestra especie.
Sobrevivimos sin problemas al calor, pero esperamos que por fin llegue la ayuda prometida y podamos recuperar nuestras tierras algún día…
Meli acarició su caparazón con el dedo meñique. La guardó en un bote. Un escarabajo valiente sin duda. Una superviviente con millones de años a sus espaldas.
Después de intensas jornadas de trabajo de campo, de redactar artículos hasta la madrugada. De conocer su propia fisionomía y resolver las dudas de sus orígenes, Meli decidió construir un inmenso terrario. Un refugio para escarabajos errantes y expatriados. Un lugar tranquilo para desarraigados. Un asilo para los solitarios…
En una de sus conferencias conoció a ese tal Solier. Una eminencia en ese ámbito de investigación. Cuando llegó a sus oídos la existencia de ese gran terrario de escarabajos, decidió ceder a Meli sus ejemplares.
En aquel lugar, Impercepta pudo reunirse con sus hijos. Se vivieron momentos de inmensa intensidad emocional en aquel cubículo de cristal. Hicieron buenas migas con Scabrosa y, en poco tiempo, crearon una comunidad multicultural y heterogénea. En la que existía respeto y solidaridad entre sus miembros.
Meli y Solier pasaban horas contemplando su comportamiento ensimismados.
Una noche, se quedaron dormidos fundidos en un abrazo.
Meli se escurrió de esos brazos y notó como su cuerpo comenzaba un proceso de contracción hasta recuperar su estructura original.
-No he tenido oportunidad para explicártelo, querido Solier…No he sido del todo sincera en todo esto. Siempre he sido una Pimelia. Nuestras familias llevan millones de años recorriendo la Tierra. Han conseguido sobrevivir a las bajas temperaturas cuando el hielo cubría casi todo. A inundaciones, a terremotos y a volcanes... Al ascenso de las temperaturas mientras todo se va transformando en desiertos. Lucha por nosotros, permite que resistamos a vuestro afán de destrucción. Está en tu mano, compañero…
Solier se despertó abrazando al vacío. Tomó en sus manos a ese pequeño escarabajo que se escurría por las sábanas. Lo introdujo en el terrario en silencio.
-Escribiré un cuento para contar vuestra historia. Relataré de manera sencilla vuestros pequeños retales biográficos. Daré a conocer nuestra labor pequeña Meli. Confía en mí…
Y puso un punto final a esta historia esperando que se multiplicara, en poco tiempo, en puntos suspensivos…