La última estación

Último aviso para los pasajeros. El convoy estaba a punto de emprender su viaje. Uno de los viajes más importantes de sus vidas. Entre sus muros albergaba un tesoro del conocimiento que haría palidecer a la biblioteca de Alejandría y nada podía fallar. El trayecto era solo de ida, sin paradas, un éxodo hacia la tierra prometida. Todo estaba preparado. Desde el inicio, la oscuridad más absoluta se cernía sobre el convoy, pero un mar de luces lo guiaba como si de raíles se trataran.

En el exterior, el paisaje era espectacular a pesar de la noche cerrada. Los pasajeros nunca habían salido de su hogar y todo lo que les rodeaba les resultaba de lo más variopinto. Había miles de lugares por visitar, cientos de espacios por explorar. La paleta entera de colores les golpeaba la cara a cada paso, adoptando diferentes formas y tamaños; algunas elípticas, otras espiraladas y otras cuya forma era imprecisa e irregular. No obstante, y pesar de toda esa ingente cantidad de lugares esperando ser descubiertos; esa noche, solo iban a conocer uno de ellos.

Todo transcurría con normalidad, hasta que la locomotora empezó a escupir una nube de polvo y gas. En ese momento, el convoy adquirió una celeridad pasmosa. Cada vez aceleraba más y más, sin posibilidad de giro. Habían perdido el control de los mandos. Sin embargo, lo peor de todo aún estaba por llegar. Un ejército de escombros les saludaba a pocos metros del convoy. El choque fue inevitable. Como consecuencia del impacto, el aparato viró bruscamente y se apartó de la trayectoria principal. Habían sobrevivido pero ahora se encontraban sin rumbo, a la deriva.

No obstante, el desconocimiento duró poco. Allá, a lo lejos, un punto de color azul pálido se hacía más y más grande a medida que se acercaban, como un faro que les iluminara en su singladura. No conocían tal lugar, pero se sentían atraídos a él, como una polilla a una luna lejana. La fuerza de la gravedad era una poderosa enemiga.

La llegada era inminente y seguían sin tener el control de los mandos. Nada los iba a salvar de aquello, de su inexorable destino. Nunca un billete había resultado tan caro y ni siquiera habían pagado por él. Los viajeros lo iban a conseguir, pero ellos nunca lo sabrían, ni lo entenderían. Los gritos agónicos de los viajeros helados, anclados sobre asientos rocosos, eran ahogados ante la falta de aire. Sus ganas de respirar combatían con la necesidad de conocer el porqué de lo sucedido. Segundos más tarde, sin poder llevar a cabo ninguna de las dos acciones, los pasajeros se fundieron en un único abrazo, esperando su destino. Un destino que acabaría con sus vidas pero marcaría el inicio de todas las demás. En ese momento, el último momento, el convoy se precipitó sobre la última estación, la Tierra. La colisión fue fugaz. Lo que vino después perduró más en el tiempo. El hielo se convirtió en agua, y el agua en vida.