Trileo

Como cualquier mago de la nueva escuela ha elegido al azar (¿es posible este en el ser humano?) a un participante del público y le ha ordenado elegir una carta (¿random también?) y colocarla sobre la baraja. El participante la ha enseñado a cámara, la ha colocado sobre el mazo y, siguendo una inercia adquirida, ha mezclado las cartas sin que se lo hubieran pedido. El mago lo ha visto y ha comprendido horrorizado que el truco nunca funcionará pero no ha sido capaz, a pesar de todo, de parar el espectáculo y el show continúa y se alargará por otros cinco minutos en los que jugador e ilusionista manipularán la baraja de forma programada aumentando el interés del público. Pero ahora ha sabido que el naipe que debe descubrir ya está perdido y que no existe algoritmo alguno que lo encuentre. Cinco minutos eternos de pantomima y frases hechas en los que imagina las caras decepcionadas de este lado de las cámaras y, del otro lado, las risas crueles e inevitables una vez levante el cartoncito y muestre una sola de las cuarenta y ocho caras que puede tomar el azar.