Al azar

Mi corazón no existe. Quizá parezca un despropósito, una osadía o una impertinencia, pero lo cierto es que mi corazón tal vez no haya existido nunca: no como un órgano de naturaleza muscular que actuase como impulsor de un torrente sanguíneo que ya no necesitara; ni como un centro del ser; ni siquiera como una ubicación para los sentimientos o el ánimo… o el valor.

El corazón, al fin y al cabo, no era más que un elemento periférico conectado a mis circunstancias, pero mi “yo”, que no mi “ego”, podía subsistir sin su presencia. De hecho, gran parte de los mal denominados “humanos” en aquel año 2017 de nuestra anterior historia, carecían de corazón, cuando menos del tipo de corazón que un príncipe de cuestionable felicidad llamado Wilde había sabido extender sobre el presidio de la miseria de los hombres.

Todo empezó cuando la vista se me hizo insoportable. Se presumía entonces de ver la realidad, como si no hubiera existido nunca algún hidalgo que hubiese cuestionado el perfil del paisaje apuntando hacia el encantamiento que hacía ver, a otros, inocentes molinos donde había gigantes. Nadie quería suponer o, mucho menos, contemplar las auténticas partículas elementales; tampoco nadie hubiera podido verlas: sólo el arte o la ciencia las pueden presentir.

Por eso prescindí de los ojos, para no ver unos fondos marinos no cubiertos de algas sino de corazones arrancados, hundidos y, finalmente, rotos. También, por eso, me estorbaban las manos, puesto que sin la vista la realidad era más cierta al tacto y más punzante.

Así que decidí desprenderme de todo cuanto, con falsedad, me había identificado: un cuerpo perecedero que se obstinaba en deteriorarse y que amenazaba con arrastrarme de forma irremediable a lo desconocido o al desconocimiento, a lo intangible o a lo no imaginable.

Fue doloroso, fue… pero la decisión estaba ya tomada. Era simplemente una cuestión de supervivencia a la dictadura de un ciclo de vida ya obsoleto frente a las máquinas, si bien menos perfectas, mejor adecuadas a las condiciones de un mundo condenado por la ambición, la codicia, la envidia o el odio.

La mayor parte de las especies tiene un envejecimiento breve, quién sabe si demasiado, tras su etapa de reproducción; y el envejecimiento conduce a la desaparición física del individuo. Ese pensamiento se había intensificado al ver como mi piel perdía su firmeza y, de forma casi imperceptible, al principio, se había ido poblando de surcos cada vez más pronunciados y de pequeñas manchas. Tampoco la memoria mostraba la rapidez o el vigor de antaño, huecos opacos blancos, cuando no ignotos agujeros negros, se iban abriendo paso en su estructura neuronal.

Fue doloroso, pero era inevitable, la levedad del ser me confundía y el miedo era tan profundamente intenso… Me despojé del cuerpo como si fuera un ropaje, me desnudé de todo aquel conjunto de moléculas, células, tejidos, órganos, sistemas y aparatos. Sentí la soledad.

Entonces recordé, por un momento, un atardecer en el cabo de Creus: el viento rugía como una fiera sobre el abrupto promontorio, y Alberto me enseñó a volar. Vestíamos abrigos recios y largos. Alberto agarró con fuerza las dos puntas inferiores de su abrigo con ambas manos, la punta izquierda con la mano izquierda, hizo de igual manera con la derecha, y se inclinó hacia el mar abriendo los brazos cuanto permitía la amplitud inferior de la prenda; el abrigo se hinchó como un paracaídas. Impulsado por la fuerza del viento, Alberto se elevó del suelo y retrocedió varios metros suspendido en el aire hasta caer de nuevo sobre la erosionada roca. Lo imité y, aunque creo que mi vuelo fue más corto, la sensación intensa me arrancó una carcajada. Alberto volvió a correr hacia el mar hasta el filo del precipicio y, de nuevo, voló hacia atrás. Así estuvimos corriendo, volando, riendo una y otra vez durante un tiempo con sabor a eterno, con la Luna llena sobre el cap de Creus, allí, en el faro, con nuestra juventud vibrante, plena de luz y de emoción adolescente.

Ya no soy más que mi cerebro o, dicho de otro modo, soy tan solo el cerebro que tal vez tuvo un corazón, su transparencia; como un cangrejo ermitaño me alojo en nuevos y diversos periféricos que me protegen, cuando no me disuelvo entre las partículas de la inaprensible realidad.

En lo más hondo, sigo siendo el mismo: viajo a veces al mar y allí, suspendido en el aire o en el agua, recuerdo. Tanto tiempo después, por fin, vivo al azar.