Intraversos

-Hágase la luz- dijo Dios. Y se hicieron los números.

Los números revolotearon por el vacío intemporal. Algunos pululaban por su cuenta, otros guardaban cola por el tráfico. Unos creaban el caos primigenio, los demás aguardaban el orden posterior. Todos dirigidos por la batuta del creador, y algún software gratuito que ayudaba a evitar cálculos extensos e innecesarios en los inicios. Ceros y unos, y ceros y unos a la vez. Ceros y ceros al mismo tiempo. Unos y ceros que se casan en menos de una millonésima de segundo, y unos con unos que se divorcian por el mero hecho de encontrarse con unos y ceros solitarios. Meras invenciones humanas, invisibles a los ojos de los creados, que en momentos de angustia se preguntarán de dónde vienen y a dónde irán.

El Dios que todo lo puede, el eterno, el inefable, el todopoderoso, el omnipotente… era un vulgar estudiante de catorce años que iba a suspender su trabajo de simulación cuántica intraversal. ¿Te gustaría saber que tu mundo es la obra de un trabajo que ni siquiera le aprobaron al creador? ¿Un intento fallido de un escolar que fabricó tu existencia a la vez que sopesaba las posibilidades de ser correspondido por la chica que se sentaba al lado? ¿Una simulación de la realidad hecha por alguien que se comió un moco mientras decidía las condiciones atmosféricas de tu planeta? Por suerte los huéspedes del futuro intraverso nunca podrían plantearse estas cuestiones que les llevarían a un continuo estado de depresión intraversal.

Bubar era ese Dios. Admirado de forma inconsciente por billones de seres. Repudiado, odiado y maldecido por esos mismos seres cuando las cosas no marchaban tal y como ellos querían. No sabían que mientras rezaban su Dios estaba explorando un grano de su nariz en el aseo. El destino quiso que nunca lo descubrieran.

El tejido de la realidad seguía formándose. Pasados unos segundos, aquello que originariamente eran números se transformó en materia y antimateria. Explosiones controladas por una aplicación informática que emulaba el germen ya conocido del mismo Universo.

Con buena voluntad Dios creador quiso catorce planetas en el sistema objetivo. La gente piensa que el divino hacedor se basta con la voluntad para cumplir sus designios. Nada más lejos, su dedo humano presionó un dos en vez de un tres en el vigesimoctavo decimal, víctima de un estornudo. Tamaña acción involuntaria en el desarrollo de las órbitas provocó que dos de sus planetas fueran absorbidos tras dos mil millones de años por la estrella madre, y que dos planetas más chocaran entre sí como parte de una gran carambola cósmica. Ahora sus habitantes tendrían un amenazante cinturón de asteroides de regalo.

Esta cuestión hubiera tenido solución si en aquel tiempo el intraverso no hubiera albergado vida, pero ya no era así. Los primeros seres que emanaron del caldo primigenio, aquellos primeros aventureros que pisaron tierra firme y cuyas hazañas nadie escribió, tuvieron la oportunidad de sentir la primera lluvia de piedras que jamás vio ente alguno durante millones de años. Decidieron que vivir sumergidos y enterrados era más seguro. No volvieron a salir en mucho tiempo.

A Dios le entró dolor de cabeza. Ya no le importaba la creación perfecta, lo importante era aprobar la asignatura. Bubar contaba con seis meses y a falta de una semana su intraverso necesitaba morfina. ¿Cómo solucionar este entuerto? O mejor aún ¿Cómo conseguir que el tribunal de valoración no se percate de sus errores? El objetivo era conseguir un entorno estable, susceptible de realizar futuros experimentos controlados en él. Poder encontrar paralelismos con el universo y efectuar a posteriori modificaciones controladas para comprobar hipotéticas desviaciones en el pasado de nuestra especie. Y lo que Bubar tenía delante era un reciente holocausto planetario fuera de control, la imposibilidad inicial de la vida humana, y un suspenso que estaba cobrando más vida que su propia obra –¡Esto es un desastre!- pensó. Hastiado se pasó la mano por la frente y descubrió un nuevo grano, justo el día que quedó con aquella chica.

-Vaya día de mierda- dijo Dios en mitad de su creación. Nunca se reflejó esta afirmación en el Génesis de los textos sagrados del intraverso.

A última hora, con desgana y una dosis extra de suerte consiguió ambas cosas: los primeros ancestros humanos y su merecido suspenso por dejarles en tan precaria situación. Sin embargo, la historia del errático intraverso seguirá su rumbo. Una historia con fecha de caducidad. Un mundo condenado y abandonado, como muchos otros.

En cualquier caso la verdadera historia se escribió en nuestro universo. El original, el único, el inigualable, el… ¿universo perfecto? El Dios del universo, el que todo lo puede, el eterno, el inefable, el todopoderoso, el omnipotente… era un…