James 119552

Ya hace veinte años que comenzó o, más bien, comencé todo; llenos de sacrificio, sangre y lágrimas. Mi nombre es James y, mi número, 119552. Soy o, más bien, era una Sonda, un humano artificial programado para impartir la justicia de un mundo decadente. Un mundo tecnológico, estéril, donde la vida depende únicamente del tanque incubador del que naces, al que llamamos Madre. Mi Madre falló, por alguna razón, dándome la autonomía de la que todos mis hermanos y hermanas carecen. Crecí con ellos, sufrí con ellos; pero fui el único capaz de pensar sobre si mis actos lo eran realmente. Fue en ese momento en el que me di cuenta de que lo que tenía que hacer era huir y, desde entonces, he sido el mayor enemigo de ese oscuro mundo. Huí al último bastión de verdadera vida que quedaba: un pequeño bosquecillo, una pinada de árboles con troncos anchos y altos donde todavía quedaban atisbos de naturaleza en forma de insectos, roedores y algún que otro pájaro. Me asenté allí y lo convertí en mi hogar, mi nuevo mundo. Aprendí todo lo que pude sobre la vida en la naturaleza (descubrí que crecían diversos frutos de los que podía alimentarme cuyo sabor era algo indescriptible para mí) y me encargué de que mi viejo mundo no pusiera un pie en ella, protegiéndola con mi vida y con todas mis capacidades. Con el tiempo, mis perseguidores decidieron que era innecesario perseguirme y dejaron de molestarme, utilizando mi situación como una excusa para ellos obtener beneficio moral o político. Nos hemos encargado de que una de nuestras más grandes sondas proteja el bosque, proclamaron. Esperaban que eso les diera más poder sobre las masas, para que el tema quedara olvidado con el tiempo y pudieran, en un futuro momento de debilidad, acabar conmigo y con toda la magia que quedaba del Antiguo Mundo, ya olvidado. Pero no tenían ni idea de cuál sería el verdadero resultado de sus palabras. Poco a poco, fue llegando gente al bosque. Gente que quería ayudar, que no había olvidado el Antiguo Mundo y que, aprovechando la actual protección diplomática del lugar, decidieron venir para hacerlo crecer. Para traer la vida de nuevo. Vino gente con herramientas, con materiales (siempre intentaban conseguir madera sintética o algo que se asemejara, aunque a veces no podían obtener nada más que metal) y, con el paso del tiempo y la ayuda de la gente, el lugar comenzó a crecer. Me convirtieron en una especie de líder, de guía. Traté de negarme, pero nadie estaba dispuesto a seguir a alguien que no fuera yo. Y así llegamos al punto en el que estamos actualmente. Nuestro territorio ha crecido exponencialmente desde entonces, ahora lo cuidan miles de personas. Algunos de mis hermanos sonda también están aquí, habiendo nacido en ellos con mis actos como ejemplo la autonomía y la conciencia con la que yo nací por error. Juntos hemos creado algo que nadie creía posible en un mundo donde toda la naturaleza, o casi toda, ha sido mermada en pos de un mayor avance tecnológico, de la investigación, del intento de convertirse en lo que llamaban Dios muchos del Antiguo Mundo. De esos pensamientos ahora sólo quedan algunos libros, los cuales pocas personas pueden leer (leer no me fue fácil y mucho menos escribir). Lo consiguieron. Encontraron la manera de ser capaces de crear vida a su antojo, pero se les olvidó lo más importante de la misma creación a la que ellos aspiraban: el libre albedrío. Es curioso, el humano del Antiguo Mundo quería ser capaz de convertirse en lo que llamaba Dios para él mismo arrebatar a sus creaciones lo que ese ser supremo le dio. Desde mi punto de vista, el de alguien que se podría decir que ha crecido en ambos mundos, sólo puedo pensar una cosa: la ciencia debería trabajar junto a la naturaleza, no hacer uso de ella para tratar de convertirla en algo innecesario, algo a elminar en pos de un mayor progreso; porque no hay progreso sin una vida que lo viva y una libertad que lo disfrute. Pero todo esto se encuentra ahora en un segundo plano.

De nuevo observo mi armadura sonda, llena de polvo y casa de algunos pájaros. Me apena tener que arrebatarles su hogar, pero debo volver a llevarla. Estamos en guerra. Una guerra entre dos mundos, la naturaleza y la ciencia. Una guerra que probablemente nunca vaya a terminar o, si lo hace, sea con la destrucción de todo lo que realmente importa. Mi vida no es más importante que la de la naturaleza, ni menor, pero ella me ha salvado y la pretendo defender hasta mi último aliento.

-¡Hermanos míos, amigos, todos! ¡Sed vosotros quienes programéis vuestras propias vidas! ¡Por el futuro de nuestro mundo!