Vacaciones estelares

De pequeña me extasiaba mirando el cielo, soñaba con la galaxia Remolino también conocida como m51. Me atraía todo lo relacionado con la astronomía sin saber bien el porqué de este magnetismo especial. Ahora, varios años después lo comprendo todo.

Esta pasión la había heredado de mi padre, archifamoso por estar literalmente en las nubes. Por el contrario, mi madre siempre había sido reticente a estos temas. Ella prefería la lectura y soñaba con escribir una novela o en su defecto una recopilación de cuentos. Yo, Andrómeda, soy una síntesis de ambos: científica por los cuatro costados que no deja de lado las letras ni tampoco la filosofía o la metafísica. Cuando cumplí seis años los Reyes Magos me regalaron un telescopio, desde entonces acostumbro a pasar horas y horas mirando el firmamento. Observo y no dejo de pensar en la inmensidad, la soledad, el tamaño de las partículas o el porqué de la humanidad.

Años después, por azar descubrí que mi padre tenía unos genes extraños y su sangre carecía de leucocitos. Yo solo había notado que no eran raros los días que se le olvidaba incluso comer y era habitual que lo que decíamos mi madre, mi hermano mayor o hasta yo misma durante las comidas llegara al cerebro de mi progenitor minutos, o en algunos casos excepcionales, horas después. Esta larga digestión de las palabras estaba intrínsecamente relacionada con su naturaleza extraterrestre. Según me pude enterar procedía de un planeta denominado NYF43 a varios millones de años luz. A saber cómo había conocido a mi madre, terrestre al cien por cien. Pero esta es otra historia...Este verano, y visto que se cumplen nada menos que mil años de la llegada del hombre a la luna, me ha prometido que viajaremos allí para conocer a mis familiares de la rama paterna. Con el teletransporte son apenas unos segundos…i qué emoción!