Sueños de infancia

Un destornillador, cinco cables desgastados y un pequeño motor herrumbroso que había recuperado de una máquina de coser antigua. Solo esto necesitó el pequeño Eduardo para transportarse a un nuevo mundo, en el que los únicos límites eran impuestos por su imaginación y sus escasos conocimientos. El niño no solía destacar en demasiados trabajos para el colegio, pero era innegable que tenía un don para la electrónica.
Así fue como, en una soleada tarde de primavera, un tímido niño de apenas once años encontró aquello con lo que habría de admirar a todos sus congéneres. Aún recuerda el día en que don Luis, su antiguo maestro, le felicitó por el gran trabajo que había presentado ante toda la clase. Se trataba de un modesto robot con ruedas que solo avanzaba y retrocedía, pero la felicidad que irradiaban los ojos del muchacho ya auguraban que esa máquina no había hecho más que empezar a funcionar.
Sin embargo, no fue Eduardo el que tomó la iniciativa para aprender más cosas sobre robótica. Entonces apenas lo apreciaba, pero su maestro don Luis siempre estuvo detrás de toda la escena, apoyándole. A menudo le traía libros didácticos y nuevos componentes con los que seguir avanzando, y no tardó demasiado en ofrecerle un hueco en el austero laboratorio de profesores del colegio.
El pequeño poco a poco se iba haciendo mayor. Las amistades cambiaban, pero la pasión que mantuvo desde niño no hizo más que crecer con el tiempo. Eduardo, no obstante, siempre tuvo una infancia complicada. Sus padres apenas podían permitirse pagar los estudios del pobre chico. Había nacido en una época donde la carpintería, que era el oficio generacional de su familia, estaba siendo desbancada por las grandes superficies y la producción en masa. No eran pocas las veces que Eduardo tenía que quedarse hasta tarde terminando de lijar una silla, o a barnizar una cómoda que había sido restaurada tras varios años de abandono en un ático cualquiera. Al pequeño le encantaba el olor de las virutas de madera que saltaban de la sierra de su padre, pero nunca llegó a decirle que no quería ser carpintero.
Tuvo solo un amigo durante su etapa del colegio, Diego, con el cual terminó perdiendo el contacto cuando él y su familia se mudaron a otra ciudad por motivos de trabajo. Desde entonces, a Eduardo siempre le costó crear nuevos vínculos con otras personas. Fue este el motivo por el que su maestro don Luis terminó convirtiéndose en una especie de segundo padre para él.
Mantuvo su secreto durante mucho tiempo. No quiso compartirlo ni con su padre, ni con Diego, ni siquiera con su maestro. Ese viejo robot con ruedas que un día presentó ante toda la clase guardaba un curioso significado para el muchacho. Para él representaba una puerta a un universo maravilloso y único donde podía olvidarse de todas las demás cosas de este mundo. Allí nada importaba.
Incluso ahora, años después, el chico deja escapar alguna lágrima cuando piensa en aquellos momentos inolvidables. Ese secreto que guardó con tanto tino, aquel cochecito rudimentario con el que llamó la atención de su maestro, terminó siendo el prototipo de robot que le concedería una importante beca para poder ingresar en una universidad donde continuar sus estudios.
Eduardo se despide de sus padres, hace las maletas y camina directo hacia la estación de autobuses, no sin antes hacer una breve parada por su antiguo colegio. Allí está don Luis, que le sonríe melancólico desde su mesa de trabajo. Termina una etapa de su vida, pero algunas cosas nunca cambian…