Hijos de dioses

Al fondo, muy al fondo, más allá de lo que el microscopio alcanza a ver, por debajo de las pequeñísimas superficies que un chorro de electrones nos puede ayudar a atisbar, debe haber una explicación para todo esto. No hay azar. ¿Existe siquiera la libertad? Las partículas no se mueven sin ton ni son, las cuerdas vibran como han de vibrar, nada más que eso. ¿Qué otro argumento cabría admitir en un momento como el nuestro? Tal vez Aristóteles, Zenón el chipriota, se vieran abocados al negro precipicio del desconocimiento. Tal vez necesitasen dotarse a sí mismos de dioses. ¿Pero hoy? Hoy no hay nada.

Dos factores elementales son arrastrados por la implacabilidad y chocan el uno con el otro. Se fusionan. Comparten su volátil y sutilísima capa y forman su propia unidad autónoma. La nueva familia, que ya es Una, sigue su camino, una trayectoria regida por Azar. Nos da a entender cosas con su nombre que no son ciertas, porque, ¿qué hay más implacable que el Azar?

El camino lleva inexorablemente a otras, y se unen porque es más fácil sobrevivir juntas. Y el gran proceso sigue, y sigue, y sigue, porque el Tiempo es inmortal y solo sabe mirar en una dirección. A sus hijas, Cronos las llamó Ananké y Tiqué, pero nunca fueron realmente dos. Eran los dos filos de un despiadado cuchillo: la necesidad y la indescifrable suerte enlazadas, reinas de un devenir sujeto siempre a la tutela dogmática del padre. Y así fue cómo las moléculas fueron conformadas en algún ignoto y nada especial rincón del Ser.

Llegado el momento, su número fue tal que inevitablemente empezaron a relacionarse, y se percataron de sus diferencias, y empezaron a desarrollar gustos y apetencias. Unos se separaron de otros y se reubicaron según su deseo: el Amor, aliado con el Disfrute, susurraba en los oídos de aquellos miserablemente fundamentales seres. Y aún nada ocurría sin que Ananké y Tiqué, hijas del Tiempo, lo supieran. Eran Eros y Dionisos los que las cortejaban a diario con palabras y lascivos gestos, aunque ellas nunca se atreverían a deshonrarse en la omnipresente casa de su padre. La Hija Doble solo soñaba con que hacía cosas, pero sus sueños eran suficientes para cambiar el mundo.

Así las actitudes adolescentes del amor y el deseo sembraron su semilla. Las partículas, aún sujetas a designios muy por encima de ellas, envejecieron sumidas en un frenesí de movimiento. Adquirieron grados de complejidad que parecían inimaginables: fundaron ciudades y crearon mundos casi sin saber que lo hacían. Incluso empezaron a replicarse a sí mismas, pues, ¿qué hay más moderno que mirarse en el espejo y quererse tanto como para materializar una copia de sí? Todo en nombre del progreso.

Imponentes entidades autorreplicativas, capaces de mirar cara a cara a los dioses, emergieron de un barro cósmico poco más que irrelevante. Pero todavía no estaban libres de Ananké y Tiqué, por mucho que se pensaran solo inspirados por la irreverencia erótica, una inclinación tan "trivial" que pronto la juzgaron superable. Y de esta forma crearon para sí ensoñaciones nuevas, y nuevas deidades como la Libertad, una confusión inevitable, nacida de la ambiciosa complejidad de la creación de las Gemelas. Y en nombre de ella prosperaron, se multiplicaron y empezaron ellos mismos a crear.

Así ocurrió, y así aún hoy ocurre. Nuevos dioses han tomado el sitio y las funciones de los viejos, olvidando por el camino su más que humilde origen. Lo han negado todo en nombre de la Ciencia, sin ser ya conscientes de que la propia Ciencia es el saber divino. Y si somos tan poderosos como para emular, o quién sabe si tornarnos en divinidad, tal vez lo único que no debiéramos olvidar nunca es que el Tiempo solo sabe mirar en una dirección.