Como dientes de león

Navega, la ciudad flotante, despreocupada en las suaves corrientes del cielo… Si tuviera una escalera infinita, tal vez me colase entre las entrañas de la peregrina urbe para descubrir sus secretos.
Parsimoniosa, teñida de misterio, la metrópoli expone su maquinaria de pistones y vapores en la panza. Los motores de antigravedad —titánicas esferas de rotación perpetua en el vientre de la bestia—, producen un ronroneo inquietante que quiebra la paz entre los vientos, y en el desierto. Pienso en si sería probable que sus ciudadanos, al ver a un bárbaro, me recibirían con los brazos abiertos. Mis pistolas, la mirada, el polvo en los ropajes y la piel curtida por el sol no ayudarían, claro. Aunque, reconozco, sería divertido estrechar la mano de las gentes del cielo. Una utopía. Nadie sabe qué fue de sus habitantes. Hace tanto que mi abuelo me contó cómo vio despegar a las Atlántidas y marchar con los elegidos; nunca se volvió a saber de ellos.
¿Será ésta una de las últimas megaciudades que juega con los pájaros? Cierto es que tenían mayores recursos. Las poblaciones más pequeñas fueron las primeras en mostrar imperfecciones, y en precipitarse. Fue una gran idea en su momento, aquí abajo todo se estaba muriendo. Esas metrópolis, sin embargo, se convirtieron en castillos en el cielo.
De tanto en cuanto, tropiezo con los gigantescos esqueletos de grafeno. Son un buen cobijo, pero no me quedo por mucho; capas de melancolía cubren sus rincones deshabitados y pasear por las estructuras derruidas no me motiva en exceso. Es difícil imaginar la colosal belleza que una vez tuvieron y el orgullo de sus constructores. Es el silencio, no obstante, lo que más comprime mi alma cuando pernocto en uno de sus cadáveres. Y tampoco es que sea el único que hurga entre los restos. No, no paso demasiado tiempo en las urbes flotantes que sucumbieron.
En medio de estas tierras baldías, una sombra como la de esa ciudad que se desliza sobre mi cabeza, es bienvenida. Mientras voy a su caza, refrescará mi camino. Como el resto de metrópolis, deja un río de negrura que corrompe el firmamento; una ballena herida. No será difícil seguir su rastro, ni para otros chatarreros. Es posible que para no irme de vacío, obligue a mis pistolas a cantar una balada de plomo.
No comprendo qué las mantiene ahí arriba. Cuando colapsa una de ellas, con todo, es un digno espectáculo. La última vez que pude presenciar un desplome me encontraba acampado a la orilla de un lago con montañas nevadas de fondo. Una perca se hacía a fuego lento a la vez que, metódico, saboreaba un queso rancio. Aquella ciudad, que estallaba y ardía por varios puntos, rompió la tranquilidad del lugar al arrojarse como una lanza sobre las montañas. Pareció que el tiempo, al verla deshacerse como dientes de león, se ralentizaba para mi disfrute. Cuando el cadáver metálico aún gorjeaba, desvalijé lo poco que quedó.
Pronto bucearé en otro vagamundo cobrizo y oxidado que, aún desafiando a la gravedad, terminará por desmoronarse aunque navegue despreocupado en los cielos.