Golpe de estado, golpe de sol

Sé que es extremo, pero no me queda otra opción: voy rebelarme y montar mi propia guerrilla. Tenéis que comprenderme, llevo toda la vida trabajando sin pausa, de sol a sol, siguiendo las órdenes de arriba sin rechistar, y procreando para ayudar a perpetuar el sistema. He sido una trabajadora y madre ejemplar, he rendido siempre al nivel exigido y mi progenie ha seguido mis pasos sin cuestionar en ningún momento el orden establecido, pese a ser conscientes de que se enfrentan a una muerte prematura si desempeñan bien su labor.
Sin embargo, un día, sin previo aviso, me informan de que ya no rindo al nivel deseado. ¡Qué esperaban! Es imposible mantener este nivel de productividad y entrega de por vida. Lo que ya ha colmado el vaso ha sido la orden inmediata de suicidio que me han hecho llegar. ¿Qué manera de recompensar a una trabajadora honrada y cumplidora es esta? Una esperaría que, habiendo cumplido con su cometido, le permitieran disfrutar el último tramo de su vida con placidez. ¡Cuánto ingrato suelto hay por aquí!
Así que lo he decidido. En lugar de hacerles caso y quitarme la vida, voy a seguir criando descendientes y les voy a entrenar para combatir el sistema. Juntos, formaremos un ejército invencible, colonizaremos hasta el último rincón de nuestro universo y lucharemos por nuestro derecho a seguir viviendo. ¿No es tanto pedir, verdad?
¡Ay, me vais a perdonar! Estaba tan indignada y sulfurada que se me ha olvidado presentarme: soy Melanoblasta, una célula de la piel. Mi principal función es reproducirme aproximadamente cada dos semanas para criar melanocitos. Mis retoños sintetizan un montón de melanina, que le da color a la piel y protege a los humanos de las radiaciones dañinas, como los rayos ultravioleta que forman parte de la luz del sol. Es un trabajo muy duro y los pobres mueren tan pronto…
Tanto procrear, al parecer estoy empezando a cometer errores. Hay un gen que se llama TP53 y que está por encima de mí en la cadena de mando. Ese tipo, de los más eficientes dentro de la clase de supresores tumorales, es el que me mandó la orden de suicidio, pero una oportuna mutación lo ha dejado fuera de juego. ¡Puedo seguir reproduciéndome todo lo que me dé la gana! Por fin veré a mi descendencia sobrevivir y medrar en este sistema de normas implacables.
Empezaremos formando una base de operaciones, un lunar en la piel con apariencia un poco más irregular, color un poco diferente de las inofensivas pecas. Sin que el humano se dé cuenta, iremos creciendo hacia el interior de la piel, reproduciéndonos sin parar para incrementar nuestros efectivos, hasta alcanzar un vaso sanguíneo. ¡Esa será nuestra primera victoria! A través de la sangre, podremos viajar hasta órganos remotos, como el hígado o el intestino, y colonizarlos también. Seremos los dueños del cuerpo…
En esas felices reflexiones se encontraba nuestra querida Melanoblasta cuando, sin previo aviso, un certero bisturí la arrancó de cuajo de su nicho. El dermatólogo, observando el trozo de tejido, tranquilizó a su paciente: -No tiene que preocuparse de nada, no es muy profundo y casi seguro lo hemos pillado a tiempo.
Al final, Melanoblasta no se vio obligada a suicidarse; murió en plena batalla, llena de grandes planes para ella y los retoños que nunca tuvo, y fue ampliamente estudiada en los laboratorios de anatomía patológica de varios hospitales y centros de investigación, para prevenir que más rebeldes como ella siguieran causando melanoma cada vez a más españoles. Y esos españoles, beneficiados por la investigación contra el melanoma, pusieron también un poco de su parte y vivieron felices y comieron ensaladas de tartera, bien rebozados de factor de protección en las playas de nuestras costas.