No se resuelve en un día

Siempre pensando. Así es como le encontraba cada día,frotándose los ojos y mirando fijamente las dos pizarras de la habitación. Las había colocado estratégicamente para poderlas observar con un simple vistazo.Cada vez que entraba a traerle la comida o algo de beber, le encontraba maldiciendo, andando en círculos por la habitación, haciendo borrones en las pizarras e incluso humo y polvo debido a algún experimento que, seguramente, había fallado. Su mirada estaba pérdida en esos números, no se encontraba a sí mismo, era como si éstos le absorbieran por completo y viviera en un mundo paralelo al mío, un mundo en el que parecía que no saldría nunca hasta que, finalmente, lo resolviera.

Pasaron meses y cada vez que yo entraba en la habitación estaba sentado, acurrucado y abrazándose a sí mismo, esperando a que la respuesta le llegara.Un día, le fui a llevar su cena favorita y una baraja de cartas para ver si quería jugar conmigo, y así distraerse aunque fuera durante diez minutos. Abrí la puerta, entré con mi mejor sonrisa y le dejé la bandeja en su gran mesa de madera, frente a él. El me miró detenidamente, me lanzó una de esas sonrisas que alegran el día a cualquiera, se levantó y me abrazó. Me abrazó con tanta fuerza que casi pierdo el equilibrio,pero el me sostuvo. Cuando poco a poco me fue soltando, miró la baraja y luego me miró a mí. Se quedó un momento callado, como si algo le hubiera detenido en seco. De pronto, fue a las pizarras, las borró, y empezó a escribir miles de números. Los escribía sintiendo cada trazo de tiza. Finalmente, se quitó el sudor de la frente y me miró con una sonrisa de oreja a oreja, algo que a mí me hizo sonreír. Me miraba como si yo comprendiera todos esos números puestos de forma desordenada, pero que para él tenían todo el sentido del mundo. Abrió la boca para decir algo, y simplemente susurro "Al azar" y me empezó a subrayar fórmulas matemáticas y constantes. Yo no entendía absolutamente nada ya que,al igual que mi madre, nunca se nos había dado bien el mundo de los números. El recogió la baraja que le había traído y la esparció por la mesa, de tal manera que repartió las cartas según fueran bastos, espadas, oros y copas. Posteriormente, las recogió y las separó por números y figuras. Al ver que le había entendido, fue a las pizarras y, entusiasmado, me empezó a contar todo lo que había estudiado y su conclusión final, y que gracias a mí lo había podido solucionar.

Yo no sé de números y puede que no entendiera como mi padre había pasado largos meses pensando en leyes y en constantes, pero sé con certeza que mi padre ama profundamente la ciencia. Que cada vez que le veía mirar los infinitos números, el no sólo los miraba,los sentía y, de alguna forma, hablaba con ellos para que le guiaran. Es increíble la dedicación que sentía cada día al intentar solucionarlo y la frustración al ver que no lo conseguía. Sin embargo, el seguía día tras día con la ilusión y la esperanza de que, algún día, estos números le sonreirían y que finalmente, llegaría a su destino.Como él decía "la ciencia es una amante caprichosa y no se resuelve en un día" y es verdad, comprendí que su esfuerzo y dedicación nace en su interior y que, gracias a eso, todas las personas que sienten la ciencia como mi padre hacen de este mundo un lugar mejor.