Silencio

Silencio.
¿Silencio? No. Lo rompía el sonido del líquido borboteante del interior de las urnas de cristal donde se conservaban los cadáveres inmóviles de sus compañeros. Experimentos fracasados, vidas perdidas. Allí, entre frascos de productos químicos y con las paredes recubiertas de antiguos textos, ella esperaba pacientemente su turno. La última, la esperanza.

Silencio.
¿Silencio? No. Podía escuchar su propia respiración, débil, los latidos rítmicos de su corazón desgastado, que todavía bombeaba sangre caliente por el interior de un cuerpo al que ya daban por perdido. Estaba esperando su turno.

Silencio.
¿Silencio? No. Oía el pequeño reproductor de cassettes, haciendo sonar una melodía que ella no reconocía, sonando melancólica por uno de los altavoces del laboratorio contiguo, donde, entre fórmulas, hipótesis y teorías, los doctores investigaban la forma de sacarla de allí con vida, sin saber, a ciencia cierta, los límites de sus capacidades humanas. Esperaba, paciente. En un rincón.

Silencio.
¿Silencio? No. Cortos pitidos rítmicos salían de la máquina a la que estaba conectada. Día y noche, los pitidos la habían acompañado desde el principio de la investigación. Sin descanso. Pitidos que, con cada golpe, le recordaban por qué estaba allí, inmóvil, esperando su turno. Como habían hecho anteriormente sus compañeros, ahora con expresiones inmutables sumergidas en formol.

Silencio.
¿Silencio? No. Un pequeño ventilador oscilaba en el techo; intentando, sin éxito, liberar del ambiente el penetrante olor a amoníaco que lo impregnaba. Ese ventilador que meses atrás la había ayudado a sobrellevar los duros meses de verano encerrada en el laboratorio, hoy la distraía de sus propios pensamientos.

¿Propios?
No, no eran sus pensamientos los que la hacían actuar. Eran las pequeñas torturas del día a día las que la habían llevado a ese estado. Sintiendo cómo su cuerpo se iba desvaneciendo debido al efecto hipnótico del tiopentato de sodio, preparándola para la inminente descarga que sucedía a esta inquietante relajación. Sintiendo cómo su cuerpo convulsionaba en la camilla, cómo sus músculos se contraían, impidiéndole gritar o pensar con lucidez. Produciendo, después, esa extraña sensación de desconexión del mundo, como si por su cuerpo no acabasen de pasar 1600 miliAmperios capaces de hacer que se retorciese ante la mirada expectante de los doctores, sin que les importase si el sujeto de investigación estuviese sufriendo o si tuviese algo parecido a una consciencia de los actos que se estuviesen cometiendo en aquel cuarto.
Cada noche, después de su sesión de electroshock, la enviaban a un pequeño cuarto en otro edificio, su “habitación”, o donde podía actuar un poco más libremente, sin tener en cuenta el piloto rojo que indicaba la presencia de una cámara en una de las esquinas. Pasaba allí las noches hasta que por la mañana la sacaban para hacerle más pruebas: pequeñas inyecciones de disoluciones que para cualquier humano medio serían letales, corrientes eléctricas, pruebas físicas para medir la tolerancia al dolor… Todo tipo de atrocidades que se cometían alegando fines médicos.
Pero ese día sería distinto. Podía notar la pureza del aire, los nuevos ruidos de las salas de investigación, las voces claras de las personas de bata blanca que venían a por ella como todos los días. Algo era diferente, lo sentía. Percibía su ritmo cardíaco cada vez más lento, pulsaciones más pausadas, respiraciones más lentas. Cuando llegó a su destino, la camilla blanca con las ya familiares correas de cuero, se sintió sorprendentemente ligera.
Como todos los días, la instaron a tumbarse en la camilla y le inyectaron el suero relajante en el dorso de la mano. Mientras esperaba a que hiciese efecto, miraba hacia el techo, pensando en que era la primera vez que lo veía tan blanco. Aquí estaba, le empezaron a hormiguear los tobillos y dejó de poder mover los pies. Este cosquilleo subió hasta sus rodillas, y desde aquí a los muslos. Habían pasado alrededor de 4 minutos cuando oyó a los doctores decir:
―Traigan los electrodos―, como había dicho tantas otras veces, y sin embargo, esta vez, esa frase que antiguamente tan sólo le había acarreado dolor, la liberó de una carga. El final se acercaba. ¿Cuánto sería hoy? Bueno, ya no le importaba.
Electrodos pegados en las sienes. Chasquidos de interruptores. Un leve zumbido que indicaba la carga de las resistencias. Por fin.
―Preparen carga. 1600―. Ansiosa, esperaba ese crujir de la ruedecilla que controlaba la potencia de la máquina. Uno de los operarios se acercó a la máquina, accionó el mecanismo y ella sintió cómo la corriente pasaba a través de los cables. Calambre. Convulsión.
Negro.
Silencio