Feromonas

Cris Jarber era el típico científico loco, y sin duda lo parecía: mirada extraviada, despeinado, vestido siempre con una bata manchada; y si alguna vez se la quitaba, ropas viejas y mal conjuntadas.
Cris no tenía amigos, ni amores; pero un día se enamoró.
Ella era Juani, la pastora del pueblo. Un pueblo muy pequeño, pero con una guapa pastora y un científico loco, lo que resulta más bien excesivo.
Cierto día, Juani pasó con sus cabritas por delante del laboratorio. Cris la vio y se quedó prendado de inmediato. Fue todo un flechazo.
Pero ella no le hizo el menor caso, así que Cris decidió usar sus conocimientos.
Se puso a trabajar de inmediato con sus probetas y tubos de ensayo. Durante un mes se concentró, apenas comió, ni siquiera se duchó. Pero por fin logró su objetivo: producir feromonas en gran cantidad.
Aquel tubo era pequeño, y su contenido también: ni quiera llegaba al centímetro cúbico. Un líquido muy pero que muy peligroso, pues quien lo oliera quedaría prendado de Cris de un modo inmediato e irresistible.
No podía probarlo, pero Cris estaba seguro de los resultados, así que roció con aquella esencia un ramo de flores, y lo dejó por donde ella pasaba siempre.
Y esperó...

Juani estaba desesperada. ¿Dónde diablos se había metido Blanquita? Una cabra tan mansa, que nunca le había dado problemas... La última vez que la había visto estaba comiendo unas flores. Desde entonces, había desaparecido en medio del pueblo.
De pronto, la vio. Cris corría por la calle, perseguido por Blanquita.
¡La cabra le balaba su amor!