LA CASA DEL HIDRÓGENO

LA CASA DEL HIDRÓGENO

Hidrógeno fue tomando consciencia de su naturaleza. Él era solo un átomo, uno más de los muchos que existían. Averiguó que su lugar debía estar en el llamado Complejo Residencial Tabla Periódica. En aquel hermoso lugar había edificios de siete plantas, otros de solo tres plantas y un anexo de casitas adosadas allá donde llamaban las Tierras raras.



Hidrógeno se sentía muy solo, estaba demasiado cansado del número uno: un protón, un electrón… a veces un neutrón… Uno era muy poco, así que, buscando compañía se acercó a aquel lugar. Al llegar se detuvo a hablar con el conserje, un señor ruso llamado Dimitri, él le explicó que su lugar en la tabla estaba en el principio y muy arriba. Como aquel señor parecía muy listo, Hidrógeno le hizo caso y subió hasta el último piso del edificio dieciocho. Don Helio le abrió la puerta de su ático, un maravilloso lugar con vistas excepcionales, aquel era el único apartamento en toda la tabla sin vecinos a los lados, solo tenía un vecino abajo, Don Neón. Hidrógeno le preguntó por su lugar en aquel edificio, pero no obtuvo respuesta… Al parecer Don Helio era increíblemente rico y estable, tanto que nunca se relacionaba con ningún habitante de la tabla, algunas veces se encontraba en el ascensor con Don Neón, quien tampoco tenía muchas ganas de relaciones. En aquel edificio la gente era muy exquisita y no necesitaba nada de nadie. Don Helio le aconsejó ir al otro extremo del edificio.

Hidrógeno bajó al patio y se dirigió al bloque uno. Subió hasta el último piso. Un jovencillo muy vivaracho le abrió la puerta, era Litio. Hidrógeno le preguntó por su lugar en aquel edificio, entonces Litio, ante su sorpresa, le invitó a quedarse a vivir con él. Eso sí, le pidió que trajera a muchos más como él, uno por cada uno de sus hermanos Litios que estaban viviendo con él. Juntos formarían la red cristalina del Hidruro de Litio. A Hidrógeno le asustó todo aquello, Litio era tan fogoso, tan arrollador, … y él no quería compromisos de aquel tipo, así que se fue al piso de abajo. Allí recibió la misma invitación por parte de Sodio. En todos los pisos de aquel bloque la situación fue idéntica: ni Potasio, ni Rubidio, ni Cesio, ni Francio convencieron a Hidrógeno, que se fue al bloque dos.

En el bloque dos la situación era aún peor, Berilio le exigió dos de los suyos por cada uno de sus hermanos. Magnesio lo mismo, … No bajó al otro piso. Observó por la ventana una terraza enorme dividida en diez terracitas y se lanzó a ella. Cayó en la terraza de Escandio, que salió gritando tras él. Hidrógeno saltó la valla y pasó a la terraza de Titanio, de allí a la de Vanadio y después a la de Cromo que le asustó con su reflejo anaranjado … Cansado de correr decidió que daría un solo salto más y se pararía a pensar.

En la terraza de Manganeso Hidrógeno comprobó que estaba en el centro de aquella larga terraza, no sabía si seguir adelante o volver hacia atrás, estaba desesperado…Manganeso estaba muy ocupado, su casa estaba llena de gente vestida de color morado. Entonces sintió una extraña sensación y miró hacia la terraza de Hierro. Por la valla se asomaban tres cabecitas. Eran Hierro, Cobalto y Níquel. Los tres sonreían y emitían una especie de radiación que generaba bienestar en Hidrógeno.

Los tres nuevos personajes resultaron ser muy simpáticos y se preocuparon mucho por reconfortar a Hidrógeno. Le pusieron una tumbona en su terraza y le subieron un refresco con aceitunas. Hidrógeno saltó la valla y se relajó tumbadito. Entonces, Hidrógeno observó un globo enorme flotando sobre ellos, se frotó los ojos, no podía creer lo que estaba viendo… En la cesta del globo había un montón de parejitas de átomos idénticos a él, todos muy sonrientes como si fueran extremadamente felices.

De pronto una escalera de cuerda cayó desde el globo y todos, incluyendo a sus tres amigos de transición, todos le decían que subiera. Así que Hidrógeno subió. Otro Hidrógeno le cogió de la mano y le puso en ella su electrón, uno más uno eran dos, ¡dos electrones! Por un momento nuestro amigo se sintió tan noble como Don Helio, su compañero le guiñó el ojo y le explicó que los dos electrones eran de los dos, llamó “covalencia” a aquel maravilloso fenómeno y le agradeció que hubiera llegado porque uno solo no podía conseguir aquel estado y todos los demás viajeros del globo estaban ya emparejados.

Hidrógeno se quedó a vivir en aquel globo y fue muy feliz dando vueltas sobre las terrazas de la misteriosa Tabla Periódica.