La ciencia y yo

Cuentan que el amor verdadero debe esperarse toda la vida. Cuentan que cuando llega, incluso siendo en el último minuto de vida, consigue hacerte volar. Yo me pasé muchos años esperándote. Y era cierto. Llegaste tarde, pero a tiempo para fundamentar el resto de mis días. Recuerdo cuando nos presentaron. Yo en mi pupitre y tú… tú llenabas el aula entera. Fue amor a primera… ¿vista? Sin embargo, tardé años en comprender lo maravillosa que eras y cuánto te necesitaba.
Durante la primaria comenzaste a envolver mi corazón. Me enseñaste desde sumas hasta raíces cuadradas, me mostraste lo hermosa que es la Tierra e incluso me llevaste a otros planetas. En la secundaria volví a encontrarte. Todavía tenías mucho más que ofrecerme. Poco a poco comencé a comprenderte más y más. Me estaba enamorando y no había vuelta atrás. Pusiste mi percepción del mundo al revés cuando me lo mostraste a través de la física, la química, la biología y la geología. En esos años pasaste de la superficie de mi corazón a rellenar cada una de sus cavidades. Me habías atrapado para siempre.
Llegamos de la mano a la universidad. Mis ansias por conocer hasta el último detalle de ti tendían al infinito. Pero te fallé. No fui fuerte ante las adversidades. Decidí abandonarte y a día de hoy no sé si podré perdonarme jamás los años que pasé sin ti. Te eché tanto de menos… Indudablemente te necesitaba para que volvieras a darle sentido a todo. Volví a buscarte donde te dejé. Allí estabas, aunque no eras la misma. Tenías mucho más para mí. Parecía como si no hubieras conseguido olvidarme y prepararas un amplio repertorio para encadenarme a ti con más firmeza. Entonces, llenaste también mi mente. Pusiste en ella maravillas que jamás imaginaría. Y me esforcé. Me esforcé por ser el mejor para ti. De alguna forma quería devolverte todo lo que me enseñaste.
Cuando esta etapa terminó, no tenía la menor duda de que quería caminar a tu lado por el resto de mi vida. Sin embargo, intentaron apartarte de mí. Me decían que no eras de verdad. Que parte de lo que me enseñaste era falso. Que tu papel no era tan importante como yo creía. Continuamente veía como recortaban tus enormes alas con las que me cubriste durante años. No entendía nada. Eras tan perfecta que no podía comprender como mucha gente no lo veía. Pero esta vez no me rendí. Me habías dado la fuerza suficiente para enfrentarme a cualquier peligro.
Hoy, sigo esforzándome para hacerte crecer, para que seas todavía más grande de lo que siempre has sido. Para que a los gigantes que enamoraste durante siglos se asombrasen si pudiesen ver lo mucho que has crecido. Quiero que enamores a cada persona como lo has hecho conmigo, aunque tengan que esperarte hasta su último suspiro.
Ahora he terminado de escribir las primeras páginas de todas las que te debo. Estoy a punto de enviártelas para que sigas aumentando la lista de cosas maravillosas que tienes para mostrar a la humanidad. Espero que te gusten. Y esperaré deseoso ver como algún día las utilizas para asombrar a otras personas.