Un destello de esperanza

Al desafortunado lector que se haya en posición de esta carta (pues en verdad lamento su suerte): No es mi intención importunarle, ofenderle ni angustiarle con la información que estoy a punto de revelarle, información que seguramente a mí me haya costado la vida. Sin embargo lo que he descubierto es demasiado importante para que muera conmigo. Al principio se sentirá mareado, como si un golpe en el costado le hubiera dejado sin aire. Lo sé porque a mí también me pasó, somos ciegos que abrimos nuestros ojos por primera vez al mundo sin estar preparados para el resplandor cegador con el que el mundo nos da la bienvenida. Y sin embargo un destello cegador fue lo que inició todo.
La primera vez que fui consciente de su existencia me encontraba debajo del marco de la puerta que daba a mi cuarto. Acababa de pulsar el interruptor de la luz como tantas otras veces había hecho a lo largo de mi vida. Pero esta vez noté algo extraño, un pequeño destello, lo suficientemente brillante como para despertar mi mente del profundo letargo en el que se encontraba. Me dispuse a pulsar el interruptor de nuevo y lo volví a ver. ¿Qué era eso que resplandecía en el interior de aquella bombilla? Parecía como si hubieran capturado dentro de ella un hilo de luz. Pero eso era imposible, se suponía que una bombilla solo era un contenedor, como un vaso de cristal que llenas de agua. Un recipiente que servía para encerrar dentro toda la luz que irradiaba Bulbus, el señor de la iluminación. No comprendía lo que estaba viendo, así que me dispuse a desenroscar la bombilla aún a costa de condenar mi alma y contrariar a Bulbus. Desde pequeño nos han enseñado a respetar a los dioses y a dejar este tipo de misterios en manos de los Ingenis de Desdera. Ellos son los encargados de que todo funcione como es debido, constituyen el brazo ejecutor de los dioses y velan porque se cumplan sus designios. También administran las escuelas y los hospitales…
Creo que estoy desvariando, le pido disculpas, desventurado lector, por la caoticidad de mis pensamientos pero como sin duda comprenderá no dispongo del tiempo necesario para poner en orden mis ideas antes de plasmarlas en papel. Como iba diciendo desenrosqué la bombilla. En su interior efectivamente había algo, parecía un hilo metálico, posiblemente el mismo hilo que había visto brillar hacía tan solo unos minutos. No tenía ni idea de lo que era, entonces miré hacia arriba y descubrí más hilos que asomaban por el hueco del techo donde antes se encontraba la bombilla. Confuso uní aquellos hilos con los de mi bombilla y ésta se iluminó. Me sentí aturdido, pues esto no parecía la obra de ningún dios, más bien parecía obra del hombre… pero, ¿cómo era eso posible?
Pronto empecé a cuestionarme cosas que hasta ahora daba por hechas. Tenía miedo de preguntar o hablar con nadie así que me pasaba todo el día en la gran biblioteca leyendo, pero allí tampoco era capaz de hallar ninguna respuesta. Al final decidí que tenía que colarme en el gran Archivo del templo de Dendera, el hogar de todos nuestros dioses. Crucé el Gran Salón donde se erigía la estatua de Katios el dios de las telecomunicaciones. A su derecha se encontraba Tricium la diosa de la mecánica y a su izquierda Alquemia, diosa de las reacciones naturales. Su padre Tempestas, dios de la naturaleza, se encontraba al fondo de la estancia, justo al lado de la entrada al Archivo, el lugar donde guardaban todos los libros sagrados. Como no pretendo aburrirle con detalles insignificantes, simplemente diré que al entrar en el Archivo encontré estanterías inmensas repletas de libros, pero ninguno de ellos resultó ser ningún texto sagrado. Algunos tenían unos nombres un tanto peculiares: Principia Mathematica, Sidereus Nuncius, El origen de las especies,… Me llevé algunos conmigo como prueba de lo que había averiguado y comencé a leerlos y estudiarlos. Al cabo de los días encontré por fin lo que buscaba. Había un libro que hablaba de algo llamado electricidad y de cómo usarla para, entre otras cosas, iluminar una bombilla. Llegué entonces a la conclusión más desoladora posible. No existía ningún Dios. Nos habían estado engañando, o más bien nos habíamos dejado engañar. A veces es más fácil creer que pensar, dejarse arrastrar por la corriente en vez de nadar en contra de ella.
Pronto vendrán a por mí. En el resto de cartas que encontrará en este sobre he resumido todo el saber que conseguí reunir estos últimos días, creo que lo llaman ciencia. La responsabilidad ahora recae sobre usted, mi querido lector, ¿Dejará que la ciencia muera conmigo o continuará lo que yo empecé?