El último manuscrito

Por más esfuerzos que los organismos internacionales realizaron, no pudieron evitar la catástrofe de una conflagración atómica mundial. Yo estaba realizando unos estudios científicos en las montañas, cuando se produjo la repentina destrucción y contaminación de todo el planeta, y para protegerme de aquella tragedia, me guarecí en la profundidad de una pequeña y extraña caverna entre las rocas. Allí todo estaba vacío y en penumbras, pero por lo menos no había odio, guerra, ni destrucción.
Sin embargo, al producirse un movimiento sísmico provocado por aquella hecatombe planetaria, un impresionante derrumbe obturó la salida. En aquellos largos momentos de angustia no me importaba el hambre o la sed, porque había quedado atrapado en un espacio cerrado y mi cuerpo necesitaba indefectiblemente respirar aire puro.
Por suerte, palpando las paredes en la oscuridad, descubrí un pequeño hueco que era el inicio de un largo túnel en la montaña, como una especie de profunda sombra negra que se alargaba hacia adentro. Desesperado logré abrir un poco más el acceso y con mucha dificultad me interné en él, dado que era la única alternativa que tenía para escapar.
Mientras me desplazaba lentamente por ese túnel lúgubre y húmedo apoyándome sobre mis manos y rodillas, todo era quietud y silencio y poco a poco, se fue haciendo más estrecho e incómodo para avanzar. De pronto, la oscuridad fue alterada por la aparición de un pequeño punto de luz al final de un largo trayecto y pensé si después de todo no habría una esperanza. Seguí mi marcha arrastrándome como pude para llegar hasta ella hasta ella, aunque los roces con las paredes del túnel me provocaran algunas heridas.
A medida que me desplazaba, mis manos se sumergían en el lodo y mis rodillas resbalaban haciéndome muy difícil avanzar, mientras el aire se volvía cada vez más irrespirable. Miré hacia el extremo del túnel y la pequeña luz al final todavía estaba allí. Eso me dio ánimo para continuar deslizándome en forma paulatina y laboriosa, dado que agotado y lleno de magullones debía hacer un esfuerzo inconmensurable.
Finalmente logré llegar a un recinto más amplio donde estaba el cierre, que era una fina piedra que formaba una brillante figura geométrica. Era como si fuera la silueta de una puerta hábilmente dibujada por la luz que provenía del otro lado y que se filtraba a través de los intersticios del perímetro de cierre.
Me incorporé como pude y quedé parado frente a ella, sin atreverme a empujarla por la incertidumbre de lo que encontraría. No sabía si existiría alguien aún y mi corazón palpitaba aceleradamente agolpándose en todo mi ser. ¿Habría todavía en mi vida, alegrías, ilusiones o amor?
Con mi cuerpo vacilante me apoyé sobre la piedra y la empujé hacia afuera con mi último aliento. La piedra se derrumbó estrepitosamente y mientras apartaba a manotazos una nube de polvo, la claridad del día me cegó por completo. Salí del túnel con los ojos cerrados, dando un par de pasos inseguros y después de unos segundos cuando los abrí, quedé atónito, parpadeando con dificultad ante el espectáculo que tenía ante mí.
El aire estaba cubierto por una niebla, donde borrosamente se distinguía abajo y a lo lejos, un pueblito destruido inmerso en un valle calcinado y a mi lado había un arroyo que bajaba de la montaña que ya no era una fuente de vida, sino un sinónimo de muerte. Sus aguas contaminadas con un olor insoportable debido a los gases químicos, hervían en burbujas de emanaciones radiactivas, rodeado en sus márgenes por escombros y desechos.
Fue allí que comprendí que todo aquello fue provocado por el avance de la ciencia, en medio del odio, la ambición desmedida y el desprecio del hombre por la naturaleza. En mi vida de investigador científico ya no importaba mi pasado ni mi porvenir, porque la existencia humana ya no tenía esperanzas.
Ahora, mientras estoy escribiendo esta historia, que quiero dejar como un postrero testimonio de mi vida, vislumbro ya el ocaso, como los débiles e imperceptibles rayos del sol se van posando entre las montañas en el horizonte contaminado. En medio del dolor de mis lastimaduras y respirando este aire enrarecido, siento un sopor que poco a poco me va invadiendo y envuelto en estos sucios harapos, presiento que es la sensación de agonía que precede a la muerte.
A lo lejos, veo como el sol marchito se apaga llorando entre la bruma oscura del horizonte, y ya no percibo si mis pies están descalzos o tienen zapatos alados…

Este manuscrito fue hallado por seres extraterrestres que poblaron la tierra miles de años después.