Ella

Todo lo que he hecho ha sido por amor hacia ella.

Estudié en la Universitat de Barcelona, la pública, la única que podía permitirme con aquel chiste al que mi jefe llamaba salario. Me matriculé en la facultad del edificio histórico del Clinic resuelto a hacer medicina. Recuerdo que me encantaba pasear por entre sus gruesos muros, empaparme del espíritu bohemio de sus estudiantes e incluso sentir el olor a canuto de hierba que de tanto en tanto salía de alguno de sus jardines interiores.

Por aquel entonces ella y yo llevábamos tres años de novios. Ambos trabajábamos y disponíamos de un mínimo de ingresos pero no nos veíamos lo suficiente así que decidimos alquilar un piso e irnos a vivir juntos. Llevar un hogar, trabajar y estudiar al mismo tiempo no es tarea fácil. En general, aquella fue una etapa de muchos cambios, esfuerzos y sacrificios y sin embargo la recuerdo como la época más feliz de mi vida.
Discurría el tiempo, entre apuntes, libros, una casa medio desordenada, cenas incomibles por obra y gracia de mi inexperiencia culinaria y muchas noches de pasión y desenfreno. Durante mi ultimo año de carrera, una soleada tarde de primavera, regresé a casa y ella me estaba esperando. La noté más guapa que nunca. Me dio un beso y me dijo lo mucho que me quería, después me lo contó: en una visita rutinaria le habían encontrado un bulto en el pecho.

Siempre pensé que me especializaría en traumatología y que acabaría ejerciendo en la medicina deportiva pero aquella noticia modificó mis prioridades. Me interesé por la oncología y cursé un postgrado en investigación biomédica y después de un paso fugaz por Harvard regresé para trabajar en el IRC. A todo esto ya nos habíamos casado. Yo le pedí matrimonio por sorpresa, arrodillándome y con el anillo y todo eso, como en las películas. Fue una boda por lo civil y sencilla, como ambos queríamos.
Al comienzo de su tratamiento tuvo que coger la baja laboral de forma permanente. Por fortuna, mi ahora generoso sueldo como investigador nos permitía afrontar todos los gastos. Al cabo de un par de años las expectativas eran esperanzadoras. Los rastros de su tumor prácticamente habían desaparecido y mis investigaciones, relacionadas con las proteínas implicadas en la metástasis, estaban logrando buenos frutos y recibiendo el reconocimiento internacional.
La vida, a diferencia de los cuentos, es una suma de acontecimientos inconexos, caóticos, aleatorios, y aunque uno pueda aprender una lección de cada uno de ellos, en conjunto, cuando analizas toda una vida, es muy difícil sacar una moraleja que la defina y, por lo tanto, a diferencia de los cuentos, el final de una vida no tiene porque dar sentido al resto.
Un día nos llamaron del hospital. En el último análisis se podían observar unos marcadores sospechosos y al hacerse las pruebas se confirmaron los peores augurios. El tumor se había vuelto a reproducir y comenzado a extender. Esto fue un cinco de mayo. El cinco de julio, solo tres meses mas tarde, mi esposa fallecia a causa de un fallo multiorganico. Solo tenia 26 años.

Ella fue mi pasión, mi fuente de energía y mi inspiración. El impacto que causó en mí su manera de afrontar la enfermedad y su amor a la vida me llevó a ser lo que soy, hasta donde estoy ahora mismo, a conseguir lo que he conseguido. Hoy me encuentro ante todos ustedes en el palacio de conciertos de Estocolmo recibiendo el Nobel de medicina de manos de su majestad el Rey Carlos Gustavo... Pero ojalá nunca lo hubiera ganado.