POR VOLUNTAD AJENA

Los padres de Ada llegaron apenas cinco minutos antes de su cita. Eran conscientes de que sería una mañana difícil para ellos y decidieron no pasar más tiempo del necesario en la sala de espera. Por fin, una mujer con gafas de pasta se les acercó.

- ¿Los padres de Ada? ¿Serían tan amables de acompañarme?

Tras atravesar una serie de pasillos dieron con la sala “Pax-6”. Dentro, una mujer de mediana edad con semblante serio y bata blanca los esperaba impaciente.

- Buenos días, soy la doctora Wahr. Si lo desean pueden sentarse – dijo al tiempo que señalaba un par de sillas alrededor de una mesa –. Seré breve y concisa. Antes que nada, me gustaría saber qué motivos les llevaron a solicitar los servicios de ingeniería humana y, más en concreto, por qué decidieron que su hija Ada debía carecer de costillas flotantes.

- Buenos días doctora Wahr – respondió el padre de Ada -, no entiendo el interés de su pregunta pero si quiere le contesto. Pensamos que la ingeniería humana podría resultar realmente ventajosa de cara al futuro de nuestra hija. Todos sabemos que en los tiempos que corren una buena estética es imprescindible si se quiere tener éxito y pensamos ¿por qué no? Actualmente podemos decidir la estatura, el color de ojos o la pigmentación de la piel de nuestros hijos gracias a la ingeniería humana, cosa que hace cincuenta años era impensable. En cuanto a las costillas flotantes, consideramos que una cintura estrecha siempre hace más atractiva a una mujer. ¡Hasta se ha convertido en tradición familiar! Mi esposa y mi suegra son conocidas como “las avispas” porque ellas también decidieron quitárselas. Afortunadamente, con nuestra hija Ada pudimos conseguirlo sin necesidad de recurrir a un bisturí.

Conforme el padre de Ada hablaba, la doctora Wahr se mostraba impasible.

- Si su hija es producto de la ingeniería humana – continuó la doctora - imagino que también han escuchado hablar acerca de la famosa cláusula “Provida”, la modificación de la Ley de Integridad Física, Psíquica y Moral que entró en vigor hace unos años. Dice algo así como que “la ingeniería humana estará permitida siempre y cuando no se comprometa la salud, el bienestar o la seguridad del sujeto”.

- Disculpe, doctora Wahr, no sé qué tiene que ver esta ley con nuestra visita. Le agradecería que fuera más clara.

- Tiene que ver más de lo que ustedes se piensan. Si quieren saberlo, su hija fue apuñalada hace dos noches. Una sola herida de arma blanca en el costado derecho. Y adivinen a qué altura se produjo el corte: justo donde esta niña de catorce años debía tener dos costillas flotantes protegiendo su riñón y su cavidad abdominal. ¿Entienden por dónde voy? Es muy probable que la herida sufrida por su hija haya resultado fatal porque sus padres consideraron que una cintura estrecha como la de su madre y su abuela era fundamental para su futuro.

- ¿Insinúa que somos los responsables de la muerte de nuestra hija? ¡Lo que me faltaba por oír! La ingeniería humana es el pan de cada día, ¡más de la mitad de la población ha accedido a estos servicios!

- Efectivamente, lo que ha propiciado que ser aceptado socialmente gracias a una apariencia “perfecta”, y digo “perfecta” irónicamente, se anteponga a todo lo demás.

- ¿No cree que está exagerando un poco? Nos está responsabilizando de algo muy grave por un detalle que no tiene relevancia.

- ¿Ahora no tiene relevancia? Me temo que a veces los detalles resultan ser más importantes de lo que uno espera…

- ¡Nosotros sólo queríamos lo mejor para nuestra hija! ¿Cómo se atreve a acusarnos de semejante barbaridad? Ya hemos escuchado suficiente. ¡Nos vamos!

La mujer con gafas de pasta observó cómo los padres de Ada abandonaban el edificio con indignación. Al cabo de unos minutos, la doctora Wahr se acercaba a ella.

- Otro caso más de víctimas de la ingeniería humana. ¿A dónde vamos a llegar?

- No lo sé, doctora Wahr. No son los primeros padres caprichosos a los que les sale demasiado caro encargar un hijo ideal. ¿Tomará medidas legales contra ellos?

- No creo que lo haga, bastante tienen con lo de su hija. Pero sí que espero que reflexionen sobre el tema.

- ¿Le puedo preguntar por qué siente tanto rechazo hacia la ingeniería humana?

- No rechazo la ingeniería humana, sino el uso que se da de ella. Tengo que confesarte que yo también soy producto de esa ingeniería. Y nadie me preguntó si quería serlo o no. Lo soy por voluntad ajena. Y no hay nada que más odie en este mundo que el hecho de que decidan por mí.