EL CAJON DE LOS RECUERDOS OLVIDADOS

El sonido de la avioneta arrancaba los más recónditos pensamientos de la mente de Alejandra. El atronador sonido de los motores llegando a sus oídos le removían unos sentimientos que creía perdidos en el cajón de los recuerdos olvidados. Rememoró el día en el que juró por su propia vida el no volver a tomar los mandos. Aquél último vuelo fue demasiado espeluznante, un riesgo en demasía con el que afloraron unos sentimientos que cambiaron de la noche a la mañana y sin pretenderlo. El cielo se abrió para ser surcado por la avioneta como navío que surcara los siete mares, llevando de acompañante las nubes y el sol. Sus manos sujetaban los mandos con una increíble precisión entre levedad y firmeza y la avioneta se dejó llevar. Esa forma de postrarse las nubes ante el paso de la reina del firmamento, de los campos celestes, del infinito mar de aire y de níveos algodones de vapor hizo que Alejandra se sintiera arrogantemente cómoda, exponiéndose a los más peligrosos giros. Cabriolas y tirabuzones retumbaban espectaculares por el cielo, y así, llena de un pretencioso estupor, arrogante y aventurado, quiso llegar a lo más alto y sentarse en una delicada nube lechosa a observar el mundo a sus pies. Empujó hacia sí los mandos y la avioneta se alzó orgullosa y desafiante. Más, quería más. Más arriba. Y más. Todavía quedaba un buen trecho para llegar al sueño en forma de nube. Sentía cómo su cuerpo se hacía pesado y como si el suelo bajo sus pies, tan abajo, tan lejos, la agarrara con tesón para no dejarla marchar. Quería cumplir su sueño a toda costa y aquellos abrazos, tensados y amarrados con una invisible soga trenzada de cordura y flores de vida. Miró al horizonte y allí estaba la nube. Casi había llegado. Solo faltaba un poquito, una menudencia, un ínfimo esfuerzo y lograría su fantasía. Impulsó un par de centímetros más hacia sí los mandos y la avioneta se afanó en no fallar a la reina de los cielos. Y con lastimera saeta viva de adoración, retronaron los motores y realizaron ese último sacrificio sintiendo perder sus entrañas en el camino.
Ahora es el momento de abrir la caja de los recuerdos olvidados. ¿Qué ves?. No es lo que te esperabas, ¿verdad?. Mírate, tan sólo eres tú, Alejandra, mujer arrogante y pretenciosa, que quisiste saborear el premio del firmamento y de los campos celestes, del infinito mar de aire y de níveos algodones de vapor. Tan sólo eres tú, carente de abrazos sin sombra, vacía, estéril de trenzados de cordura y flores de vida que era lo que te retenía allí abajo. Ahora ya es tarde. No te lamentes. Vuelve a cerrar la caja de los recuerdos olvidados y paga a la eternidad el precio de tu sueño, sentada ahí, en esa nube de algodón con el mundo a tus pies.