La niña de Moravec

“Los estamos diseñando mal”, sentenció el joven del flequillo rubio con gesto de iluminado. “La vida se desarrolló durante millones de años como una pirámide de estímulos-respuesta. Estímulo positivo: vives. Estímulo negativo: mueres. Y al cabo de todo este tiempo, en un rato último de la escala geológica, apareció la inteligencia. Primero nos relacionamos con el medio, después lo comprendimos. Todos nuestros robots son contraevolutivos”.

Apagué la tele. Suficiente cultura por hoy. Me giré sobre el respaldo del sofá y miré hacia la cama en la habitación abierta. Allí seguía, dormitando entre las sábanas, iluminada por la fuerza del sol a través de las ventanas. Fingía, lo sabía bien, porque era conocedora de lo mucho que me gustaba que lo hiciese. Retozaba y hacía ruiditos. Me llamaba onomatopéyicamente.

Salté del sofá enérgicamente y recorrí el salón para apoyarme contra el marco de la puerta con tal de verla mejor. Era tan fácil quedarse allí, mirándola. Qué bueno ser humano –pensaba– para poder apreciar su belleza. Había perdido tanto con su muerte. Había llorado tanto cuando se fue. Pero ahora la luz del sol acariciaba de nuevo su juventud y mi sonrisa.

Me deslicé por la habitación con un fingido sigilo similar a su actuación onírica. No se le daba del todo bien la fase REM. Ella, en realidad, no hablaba en sueños. Y la perorata ininteligible que me estaba ofreciendo resultaba muy reveladora.

Aparté los discos de la impresora del suelo con el pie y me senté en el borde de la cama. Devolví la vista sobre el cacharro, desmontado, reparando entonces –una vez más, de cientos– en cuánto me había dado. “Nuevas impresoras 3D de conexión central”, rezaban los panfletos que me animaron a comprarla. “Ahora con productos no perecederos”, subtitulaban. Puaj, qué asco sólo recordar los productos de las antiguas impresoras, que se deshacían con el tiempo en una gelatina pegajosa. Traumático, cuanto menos. Efímeros, irremediablemente. Yo, en cambio, la había impreso para tenerla a mi lado ‘para siempre’.

Sí… No entendía el empeño de los ingenieros en seguir mejorando la robótica cuando ya podíamos imprimir humanos moldeados a voluntad. Y moldeados ‘de voluntad’. Tan sólo debíamos colocarnos un auricular que leyese nuestro diseño mental y la máquina se encargaba de pegar las células como era debido. Células que, por fin, no se morían con las horas. ¿Para qué tener robots si ya la vida suplantaba perfectamente a la vida? Aquellos productos er…

Entienda, lector/a, por qué detuve mi hilo de pensamiento. No me gustaba, no me gusta llamarla ‘producto’. Ella es mi Laura, la de siempre, la de las mañanas con olor a café, la de las trenzas y las pecas, la de la nariz arrugada cuando se enfadaba de mentira, la de las noches con olor a sexo, la de los paseos y la de sentarse a cenar en alguna terraza, la de ‘¿has leído ya el libro que te dije? Estás tardando’. La de los pies besados. La de las migas de pan en el mantel, cada comida. La que conocí de joven –de jóvenes, ambos, más aún ella que yo–. La del accidente de coche. La que perdí muy pronto. La que recordaba muy fuerte. La de la imagen herrada a fuego.

Ahora, ‘la biotecnología y las neurociencias’ habían llegado a darme algo con lo que la robótica ni soñaba. “Las células, las neuronas, tienen millones de años de programación en su estructura que somos incapaces de emular con transistores”, había dicho en otra ocasión el iluminado del flequillo –alguien, se ve, importante en su campo, fuese cual fuese.

¿Quién iba a obedecer a los comités éticos que protestaban contra aquello a lo que llamaban ‘atrocidad’? ¿Quién oiría con escándalo la palabra ‘esclavitud’? Desde luego, alguien que no tenía a mi Laura, tan joven, tan tersa, tan suave sobre su cama. Alguien que no disfrutaba de sus chistes a media sonrisa o de sus patadas en la espinilla cuando se enojaba. Alguien que imprimiese ‘productos’ mucho menos reales, mucho menos elaborados de lo que yo había conseguido con ella. La había devuelto a la vida, con todos sus matic… Con todos ‘mis’ matices, tal vez. Reconozco que no es todo lo Laura que era mi Laura.

Me levanté de la cama tras acariciar su piel escasamente veinteañera y topé con el espejo del armario, que me devolvió una imagen devastadora que yo trataba de disimular mirando para otro lado. Al fin y al cabo, habían pasado cincuenta años desde que Laura murió. Y esta mente de setenta entreveraba su imagen de entonces con mis deseos de ahora. Tal vez mi Laura era menos Laura, pero era más ‘mi’ Laura que nunca.