La llamada

LA LLAMADA
Seudónimo: GUANCHE.
Aquella noche de invierno el cielo estaba limpio. Las estrellas se distinguían nítidas, puntos perfectos de luz blanca. Había salido a correr como todas las noches. Aún a riesgo de caerme, no podía dejar de mirar al cielo. Nuestra galaxia, la Vía Láctea, se distinguía perfectamente cuando empecé a correr por caminos que ya estaban fuera de las luces de la ciudad, muy cerca de la sierra. Tantas estrellas te incitaban a imaginar historias. Cada puntito de luz es un sol, me dije, soles que, como ya sabemos, tienen alrededor planetas. Los llamamos exoplanetas. Sabemos que hay cerca de doscientos mil millones de soles en nuestra galaxia, cada uno con sus planetas, ¿cómo no va a haber vida en muchos de ellos? Incluso, vida inteligente en alguno. Puede que ahora mismo esté corriendo algún ser inteligente en alguno de esos planetas, donde también sea de noche, y que piense lo mismo que yo mirando su cielo.
La galaxia de Andrómeda, a dos millones de años luz, se distinguía perfectamente: un manchoncito. Es una galaxia compañera de la nuestra, del grupo local, como las Nubes de Magallanes, que se distinguen a simple vista desde el hemisferio sur. O sea, galaxias cercanas. Dos millones de años luz es una nadería en términos cósmicos. Si un hipotético habitante de un planeta de alguna estrella de esa galaxia quisiera ponerse en contacto con nosotros, ¿cuántas generaciones después podríamos contestarle? Estremece pensarlo. Volvamos a nuestra galaxia. Las estrellas más cercanas están distantes de cuatro a diez años luz. Si alrededor de una de ellas orbitara un planeta con seres inteligentes, capaces de captar una señal nuestra y contestarnos, recibiríamos su respuesta después de ocho a veinte años. Una comunicación difícil, pero posible. Hemos descubierto tres mil quinientos exoplanetas ya, pero por ahora sólo somos capaces de conocer su posición y su masa. Lo demás son conjeturas. Nuestros radiotelescopios registran permanentemente ondas que emiten las propias estrellas. Si seres inteligentes de exoplanetas emitiesen ondas radio con la pretensión de llegar más allá de su propio sistema solar, esa señal podría alcanzarnos. Una sonda de la NASA, la Voyager 1, ha rebasado ya nuestro sistema solar y sigue enviando señales. La distancia no es un problema. Así que podría llegarnos una señal y contestarles nosotros. Vivir esa experiencia sería lo más enorme que podríamos experimentar. ¿Y qué podría llegarnos dentro de una señal semejante? ¿Qué nos podrían contar? ¿Nos llegarían imágenes? Sería apasionante verles. ¿Serán verdes con ojos almendrados? ¿Serán horrorosos y repugnantes, según nuestros criterios estéticos? En justa reciprocidad, nosotros también podríamos resultarles a ellos unos bichejos espantosos.
Estaba llegando a casa tras media hora corriendo. Yo no dejaba de mirar el cosmos. Venus, Marte y Júpiter se distinguían perfectamente con su luz fija, a lo largo de la eclíptica. Recuerdo cómo no hace mucho aún pensábamos que en Marte podría haber habitantes inteligentes. ¿Quién no ha oído hablar del famoso programa de radio de Orson Welles relatando la invasión de los marcianos? ¿Y quién no ha leído Crónicas marcianas, la genial novela de Ray Bradbury? Los robots que hemos enviado se han encargado de desmentir esas fantasías. Puede que encuentren algún rastro de vida muy elemental. Pero en algún exoplaneta quizás haya vida inteligente. ¡Y quizás algún día hablemos con ellos!
Ya en casa, mi mujer me recibió alteradísima.
-¿Qué te ha ocurrido? ¿Estás bien?
-Sí, cariño, muy bien, ¿y tú?, ¿ha ido bien el entrenamiento?
-De maravilla, a ver, cuéntame que te pasa.
-Han dicho por la radio algo que no sé si es verdad o es un bulo. ¿Hoy es el día de los inocentes?
-No, hoy estamos a veintisiete de noviembre.
-Pues no sé si es algún experimento radiofónico. Han dicho lo siguiente, lo tengo aquí apuntado: Se ha recibido una señal de una estrella que está a una distancia de 7,26 años luz, catalogada como WISE J0855-0714. La señal tiene secuencias que no son naturales, sino fabricadas por alguien. Llega de algún planeta que orbita alrededor de esa estrella.
-¡Qué maravilla! Viendo el cielo cuando corría, pensaba en algo así. ¿Han logrado descifrar el mensaje?
-Pongamos la tele y la radio. A ver qué dicen.
Todas las radios y televisiones hablaban de lo mismo. Mostraban mapas estelares e informaban de la señal recibida. Y esperaban poder ofrecer una traducción del mensaje.
Permanecimos expectantes. Cambiábamos de canal de radio y de televisión continuamente para ver si ya habían descifrado el enigmático mensaje. Por fin llegó la respuesta. Un sofisticado programa de ordenador había conseguido transcribir los códigos y traducirlos. El enigma quedó solucionado. Nuestros compañeros galácticos nos decían con angustia:
Socorro. ¿Hay alguien ahí? Estamos a punto de desaparecer como especie. Una guerra nuclear ha destrozado el planeta. Quedamos escasos supervivientes.