Bendición.

Partí con tres hermanos. Compañeros de vida, antaño breve. Presos nos hallábamos en un redil de cristal donde la humedad pesaba y la incertidumbre era prácticamente palpable. ¿Dónde nos dirigíamos? Ninguno lo sabía, pues pipiolos éramos en tal novedosa travesía. Corrían los años 90 y tan sólo unos pocos viajeros habían sobrevivido a tamaño desafío.

Aterrizamos en una estepa gélida y estéril, donde nos retuvieron de nuevo durante días. A mí me parecieron años. El calor brillaba por su ausencia; mas, por algún extraño motivo, jamás antes me había sentido tan vital y poderosa. Se gestaba en mi interior una esperanza abrumadora y, cuando de nuevo nos acarrearon a los muelles de nuestra última ruta, comprendí que aquel no era el final de la lucha, sino el principio. El principio de una historia. De mi historia.

Precisamos de una serie de empujones para adentrarnos en lo que se presentaba como un dédalo angosto y asfixiante. Recordaba vagamente a la prisión acristalada que nos había hospedado inicialmente, pero infinitamente más oscura. Tal era nuestro afán por abrirnos camino entre la maleza flagelada, que apenas reparamos en que, finalmente, viajábamos los cuatro completamente solos. La infinidad se desplegaba ante nosotros como los pétalos de flor se desperezan, cohibidos, bajo la luz del astro rey.

Y así pasamos las semanas siguientes. Lentamente, a la deriva. Novatos, cándidos, audaces. Afortunadamente para el grupo, logramos hallar terreno fértil con relativa facilidad, ergo acampamos, cansados y dichosos, apresurándonos a plantar una simiente que nos procurase alimento y sustento durante al menos tres trimestres. Los frutos nos concedieron los mayores tesoros que podíamos soñar: carne, electricidad, y un extraño pero mágico néctar rojizo que algún científico, allá en nuestros tiempos de cautiverio, había llamado «sangre». Bebí de ella con la avidez de los niños y, a cada sorbo que daba, mi garra latía al sistólico ritmo de quien se sabe vencedor, pero aún no se ha hecho con la corona.

Y entonces, llegó la tormenta.

Al principio nos pareció un banal terremoto. Al fin y al cabo, viva estaba la tierra bajo nuestros pies, Sin embargo, no fue difícil asumir que algo iba mal cuando arreció la cellisca y los riachuelos escarlata, que juguetones rodeaban la pradera, se metamorfosearon en asesinos desbordantes y hambrientos. Feroz fue la marea. Encarnizada y virulenta, cayó sobre nuestro refugio como el buitre se precipita sobre el difunto. Mi hermano mayor fue el primero en advertirlo, y ahí estribó su gran desgracia. Tan asustado como temerario, trató de hacerse con cualquier herramienta a nuestro alcance, la que fuera. Pero el tiempo es el más estricto de los maestros, y hoy jugaba en su contra. El joven apenas pudo estirar el vestigio de una mano hacia el cieno para acariciar una de las raíces que arrojaba, cuando la sangre lo golpeó en forma de oleadas sañudas entre cuyas vertientes no había escapatoria. Nunca volví a ver al muchacho. Deslizóse colina abajo por donde en su momento hubo venido, y yo sólo fui capaz de contener la respiración y aferrarme al lodo con toda la energía que había reunido las semanas anteriores. Así me mantuve, hasta que pasó el ciclón y se hizo de nuevo el silencio. Respiré aliviada y miré a mi alrededor.

Lo primero que advertí fue el rubor de la calima. Todo parecía haber encogido, y una claustrofobia incipiente me acechó a traición. Precisé de unos segundos para asumir que no era mi entorno lo que menguaba, sino que mi cuerpo se había curtido, y el resto había hecho lo mismo en proporción inversa — incluidos mis dos hermanos menores. Un niño y una niña.

El niño estaba muerto. Mi hermana y yo no dimos cabida a la duda. La sangre se había llevado en sus brazos la promesa de un chaval robusto y hermoso. Incapaces nos vimos de llorar. Cruzamos una mirada, le dedicamos a nuestro acompañante un gesto de adiós y, cuidadosamente, casi con mimo, lo depositamos sobre las aguas, ahora calmas, de uno de los riachuelos que conducía hacia la luz, hacia nuestro otro hermano perdido. Y allí nos quedamos, abrazadas y llorosas, hasta que despuntó el alba y me repuse, recobrando la firmeza de llegar a nuestra meta. De vencer juntas. Mi hermana y yo, las dos.

Pero ella fue incapaz. Poco a poco, se sumió en una depresión vacua y mutilante. Y, un buen día, renuente a despertar, mi última hermana durmió para siempre. Y yo, sin saber cómo sentirme, perdí el conocimiento en la espesura del olvido.

Desperté en un curioso recinto iluminado. Creí hallarme en una especie de canasto, ataviada únicamente con un pañal. Sobre mí había dos ancianas. Mis abuelas. Ambas me contemplaban con emoción contenida. Una hablaba de «ciencia» y «fecundación in vitro». La otra, en cambio, sólo articuló una palabra:
Bendición.