La creadora

Las ventanas habían quedado tan sucias por años de limpieza ausente y hojas de pino acumuladas, que apenas dejaban pasar la luz del sol del atardecer. Dentro del taller, la penumbra dominaba el lugar exceptuando la zona de trabajo, una sola mesa se bañaba bajo la luz de tres focos; una bombilla de luz cálida colgada del techo que mantenía una temperatura agradable, una lámpara de pie regulable con una luz clara sobre la superficie de trabajo y, por último, los pequeños focos que la anciana tenía sobre sus gafas. La mujer, de edad avanzada, se mantenía estática, totalmente absorbida por su trabajo.
Una vez acababa con un punto se movía al siguiente y así siguió otras cinco veces hasta que empezaron a temblarle las manos.
-Santo cielo ya no aguanto nada -dijo la mujer mientras se sentaba un rato en el taburete abriendo y cerrando sus puños varias veces. Giró ciento ochenta grados sobre el taburete y se impulsó con las piernas para deslizarse hasta un rincón del laboratorio en el que todavía entraba un poco de luz natural. Se quitó las gafas, cogió algo de fruta y se sirvió un vaso de agua de una jarra de cristal. Mientras comía la pera seguía repasando las notas de un grueso libro, ya amarillento por el paso del tiempo, pero con mantenimiento perfecto. Revisó cada diagrama, cada mecanismo, cada reacción, se acababa el tiempo y tenía que terminar. Con un ligero tambaleo se levantó de la silla y salió del edificio para ir a su casa con la intención de descansar un poco. Mañana sería el gran día y tenía que estar fresca para no cometer ningún error.

Esa noche no puedo conciliar el sueño, sentía una ligera presión en el pecho, algo no iba bien. Preparó un té caliente para aserenarse, se volvió a poner la bata y salió bajo la atenta mirada de la luna. Antes de entrar al taller dirigió una mirada de duda y temor hacia el gran pino que cerraba el triángulo con las dos estructuras. Al entrar fue hasta una pequeña pica y se echó agua en la cara para asegurarse de que estaba bien despejada, encendió las luces y se volvió a poner las gafas para dirigirse a la figura que yacía sentada sobre la mesa de trabajo. Era un ser humanoide de unos dos metro y medio de alto, cubierto con una especie de fibra que hacía las veces de musculatura, un gran ojo vertical que le cubría media cara y una boca de dientes perfectos a la vista, algunos tubos se dejaban entrever en las uniones de brazos, manos y el cuello, y una esfera metálica sobresalía del vientre.
-Todo parece estar en su sitio -dijo la científica mientras iba moviendo algunas poleas para tumbar el cuerpo sobre la superficie de trabajo, que también se hundió con respecto a los bordes.
Una vez tuvo el cuerpo bien puesto dentro de lo que ahora parecía una bañera metálica, abrió varios grifos que fueron llenando el contenedor a un ritmo tan suave que daba la sensación de que el ser se fundía, dejando únicamente la cabeza que se encontraba algo más elevada. Una vez se hundió totalmente el cuerpo lo enfocó con los focos de luz ultravioleta que tenía y se fue junto al libro. Ahora debía esperar a que las membranas sinápticas se hidrataran, y que, empezara a consumir algo de dióxido de carbono y agua para empezar a mantenerse.
La mujer al acabar estaba agotada, un sudor frío le recorría el cuerpo y un incómodo hormigueo le recorría el brazo derecho y los dedos de los pies. Con la respiración entrecortada fue hasta la mesita del fondo, cogió el taburete y el libro, y los puso el uno sobre el otro al lado de la criatura. Entre pasos titubeantes se fue a sentar junto al gran pino a la espera del despertar, donde cayó en un sueño profundo.
Las horas pasaron y la criatura empezó a liberar pequeñas burbujas de aire desde los poros de su cuerpo y poco después empezó a moverse para salir del recipiente en el que se encontraba. Al ponerse de pie por primera vez pudo advertir, sin abrir su ojo, el lugar donde se encontraba. Mientras se secaba, desarrolló un ligero exoesqueleto que le cubría casi por completo desde la base del cráneo hasta los pies y entonces se fijó en el libro sobre el taburete y lo empezó a leer.
Al acabar abrió su gran ojo y observó los alrededores, hasta dar con su creadora. Al llegar junto al pino, pudo ver los restos de otro cuerpo semejante al suyo.
-Mientras la humanidad aprende -empezó tras mirar el cuerpo que estaba a su lado-, ¿podrías seguir cuidando de aquellos que lo necesitan?