Skype con Aristóteles

Nadie dijo que iba a ser fácil, aunque los cálculos fuesen infalibles. Más aún cuando su misión era secreta. Lo cierto es que aún vacila. Un impulso, tal vez más meditado de lo que creía, lo había llevado a apretar el botón de «enviar». El agujero de gusano lo ha tragado. No a él, sino a su mensaje. «¿Le habrá llegado ya?», masculla con impaciencia. Da vueltas sin rumbo en la habitación. En la pared, sacándole la lengua, un científico de cabellera engatusada y cenicienta no le quita el ojo de encima. «¿Quién le iba a decir, señor Einstein, que su instantánea acabaría siendo un reclamo decorativo?», sonríe hablándole a la foto. Los fuegos artificiales para celebrar ese Año Nuevo, el 2087, y que observa desde la ventana, tienen más razón de ser que nunca. Para la Humanidad y para su amigo, el del retrato. La Relatividad General ha alcanzado su madurez. Si a comienzos de siglo XXI los GPS eran su mayor aplicación, la detección de ondas gravitacionales y la localización de varios agujeros negros habían asentado la revolucionaria teoría del físico judío. El mismo que en su día había renegado de lo que revelaban sus números: ¿si los cuerpos curvan el espacio, acaso no es posible que exista una masa inmensa que ondule el Cosmos? Ahora, la capacidad para manejar uno de los atajos descritos por Einstein a través de la gravedad lo cambia todo. La Relatividad se palpa y viajar en el tiempo ya no es una quimera. El ermitaño de Newton le dedicó más horas a la búsqueda de elixires milagrosos y a la Biblia que al desarrollo del Cálculo con el que llegó a la Ley de Gravitación Universal. Probablemente murió sin saber que esa fue su auténtica magia: las matemáticas, y su espíritu. «¡La curiosidad mató al gato, joven!», le sermoneaba el profesor de Física Teórica de la facultad. Todavía siente su aliento sobre la nuca. El asqueado maestro no era consciente de que el efecto que conseguía en su avezado pupilo era justo el contrario: reafirmar sus ansias por saber. «¿Qué sería de nosotros si no nos hiciésemos preguntas?», se cuestiona en alto, con la seguridad que le ofrece la soledad de su habitáculo. ¿Qué sería de Newton y de Einstein?
Tras el último hallazgo, las corporaciones que financian a su grupo de investigación solo quieren resultados. Fantasean con las ganancias que la garganta espacio-temporal les puede brindar, sin plantearse las consecuencias. En la Universidad, ya nadie cuestiona nada. Alumnos y docentes han sido adoctrinados con el mantra de los resultados. Un dogma que ha calado en las mentes más privilegiadas a base de décadas de enseñanza fría y desligada de lo más preciado que, a su entender, tienen: el razonamiento. El científico saca de su cajón una hoja doblada donde se puede ver una reproducción de la pintura cumbre de Rafael: «La escuela de Atenas». La arrancó de un libro viejo. Estuvo tentado de enmarcarla, pero todos lo tildarían de cursi, romántico o antiguo. La osadía incluso podía costarle una reprimenda por parte de la ejecutiva del centro. Todo lo que huele a Humanidades está proscrito en el ámbito académico. Para qué malgastar el tiempo, los recursos y el intelecto… A él, sin embargo, ver a aquellos pensadores dialogando siempre le provocó mucha envidia. Y pena. Y temor. Por eso, tuvo claro quién sería su destinatario. El primero con el que probaría la estructura espacio-temporal conocida como puente de Einstein-Rosen. El atrevimiento igual le cuesta el puesto. El mensaje ya está en ruta a una época donde, tal vez, pueden tener la respuesta que él más anhela. «¿Cómo lo consiguieron? ¿Cómo impusieron la ética y la curiosidad por el conocimiento? ¿Cómo podemos restablecer esas inquietudes en la era del dinero?».
Tantas dudas existenciales lo han sumido en un sueño profundo. Apoyada la cabeza sobre la mesa, la oreja izquierda aplasta el rostro de uno de los protagonistas del fresco renacentista. De pronto, la calma es interrumpida por un escalofrío que se cuela por su tímpano en un viaje neuronal que lo despierta de un respingo: «¡Con Filosofía!», esgrime a voz en cuello. Mira sudoroso a su alrededor y respira más tranquilo cuando se da cuenta de que continúa solo, en su cuarto ubicado al fondo de los laboratorios. Aturdido, no acaba de comprender lo que acaba de pasar. Baja la mirada y se maldice por estropear la página del libro, ahora todavía más arrugada. El discípulo de Platón le guiña un ojo. Él se frota los suyos. La alegría se esparce por su cuerpo que ahora flota. La gravedad ha desaparecido y él asciende a lo alto del techo que se ha fundido con el cielo en un manto estrellado. ¡Acaba de mantener un tú a tú con el mismísimo Aristóteles!