ACCÉSIT

Primavera. Sábado por la mañana, muy temprano. Barrio de transformación social donde los efectos del crack del 2008 habían hecho estragos. Antenas parabólicas y máquinas de aire acondicionado metalizaban los bloques. El titánico portón del Instituto de Educación Secundaria era como el de una fortaleza. Muros altos, terminados en barrotes afilados, que nunca sabías si protegían al interior del exterior. O viceversa. Julia detuvo el coche en marcha. Cuando la profesora llegó, Alba llevaba un rato esperando. Siempre era la primera en llegar.
Julia sonrió. ―¿Has traído todo? ¿Lo ha firmado tu madre?
―Sí― contestó.
―Sube, anda.―
La profesora apreció la ropa de la chica. Nada de marca, pero parecía nueva. Introdujo la autorización que, seguramente había firmado la propia alumna, en su carpeta. En el coche sonaba una canción de Van Morrison. Profesora y alumna enfilaron la avenida fantasmal, todavía con algunas farolas incandescentes, dirección a la autovía.

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Julia llevaba tres cursos en aquel gueto. El primer día se derrumbó cuando un grupo de alumnos la rodeó y, entre acoso y derribo, le hizo temblar el pulso. El ruido de los cuadernos al caer y las carcajadas posteriores le dieron la bienvenida. En la Facultad de Ciencias nunca la enseñaron a lidiar con ese tipo de partículas elementales. Durante dos semanas fluctuó entre ansiedades y dudas. Nostálgica, recordaba el balanceo del péndulo de Foucault que colgaba del patio interior de su vieja Facultad y jugaba a los dados con su destino. Luego se hizo fuerte y se atrincheró, embaucándolos con estrellas y galaxias lejanas. Intentando enseñarles, con más pena que gloria, a interrogarse. A desvelar leyes. A romper mitos. Sabía que la ciencia y sus instrumentos, lengua y matemáticas, sólo eran una excusa para comprender mejor. Para conocerse mejor.

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Aunque el número de libros que había en su casa se podía contar con los dedos de una mano, Alba era una alumna especial. Un cisne negro. Durante los últimos meses había participado en un proyecto de innovación para jóvenes talentos. Jóvenes de altas capacidades. Contra natura, había acudido al seminario científico en un distrito céntrico de la ciudad. Para llegar allí tenía que hacer dos transbordos, bonobús que le pagaba el instituto con cargo al presupuesto de ayudas y becas. Jóvenes investigadores postdoctorales, igual de apasionados que ella, la habían tutorizado junto a su querida profesora. Luego volvería a su barrio. Y al día siguiente asistiría de nuevo a clase en el punto cero. Allí, el porcentaje de fracaso escolar era cercano al treinta por ciento. Sólo uno de cada cuatro titularía. Una pirámide, carne de cañón del absentismo, la desmotivación y la violencia estructural. Cierto que el IES Atalaya no era un centro educativo normal. Cierto que el profesorado que allí ejercía tampoco lo era. Aunque algunos ocupaban puestos específicos porque no les quedaba otra opción, la mayoría lo hacía por vocación quijotesca, asumiendo por bandera combatir el Efecto Mateo que los circundaba.

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Julia y Alba soltaron los chismes en el stand. Poco a poco, la Feria de la Ciencia se iba llenando de gente. Familias, medios de comunicación y grupos de estudiantes, guiados con más o menos éxito por sus profesores, iban llenando el recinto. Alba estaba en flujo. Absorta en ensamblar y activar con precisión milimétrica cada uno de los elementos del mecano. Tratando de dar respuesta empírica a sus preguntas de investigación. Pasar del dato a la teoría, de la inducción a la deducción. La idea había enamorado a los mentores que la habían seleccionado. Elevar un globo sonda a la estratosfera con un NOKIA, un GPS y una cámara de triatleta integrados a modo de bitácora. Un enjambre de periodistas se aproximó. Mientras tanto, la profesora se mantenía en un segundo plano, con la mirada fija en el imponente globo en expansión saturándose de helio. Sólo cuando se elevó y la multitud comenzó a aplaudir se acercó a su alumna para abrazarla. Todo había salido bien. El séquito de autoridades siguió su camino.

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Tuvieron tiempo para pasear, coger dípticos de centros de investigación y hablar cara a cara con científicos de la NASA o la Agencia Espacial Europea. Alba soñaba con ir a la Universidad. Había escuchado historias extraordinarias sobre laboratorios, bibliotecas y compañeros que no la iban a mirar como a un marciano. Atardecía. Recogieron, se despidieron de los vecinos de stand que, las volvieron a felicitar, y marcharon de vuelta. Cuando a medio camino se detuvieron a repostar en la gasolinera, Julia cayó en la cuenta de que nadie iba a abonarle el desplazamiento ni las dietas de ese día. Mientras pagaba, observó desde el mostrador el semblante de satisfacción de aquella Hipatia de quince años que la esperaba en el coche. Y que tanto la recordaba a ella misma. Responsable y cartesiana. Brillante y entusiasta. Superviviente.