La importancia de conocerse a uno mismo

El chico desayunaba en silencio y despacio, otro día laboral de la semana más en su tranquila y rutinaria vida. Y como siempre que no pensaba en nada, volvieron los recuerdos del accidente: la bicicleta por la carretera de montaña, la curva, el desliz al tomarla, la caída por el borde… los continuos impactos contra las rocas y la maleza en su descenso, su cuerpo destrozado cuando finalmente cayó en un pequeño estanque. No recordaba el dolor, posiblemente por el shock del momento, pero si la incapacidad de moverse y la sangre, demasiada sangre, que salía de las múltiples heridas mientras el agua llenaba sus pulmones.
Tuvo la fortuna de que un conductor presenció el accidente y alertó a los servicios de rescate, a la par que sus acompañantes intentaban llegar a donde se encontraba para sacarle. Aun así, los médicos catalogaron de milagro tanto que estuviera vivo como la recuperación. “Mucho tiempo bajo el agua” “Sin secuelas para haber sufrido hipoxia severa” y demás frases grandilocuentes que podían resumirse en que contra todo pronóstico había salido bien parado. Milagro parecía ser la palabra del momento.
Posa la cuchara en el cuenco sonriendo y se recuesta en la silla. Irónicamente, ese accidente que casi le cuesta la vida al final se la había mejorado. A veces le sorprendía que nadie antes hubiera llegado a la misma conclusión que él y hubiera alcanzado el mismo control. Bueno, quizás alguien si lo había logrado, pero no había querido compartir su secreto; podía entenderlo, tampoco él lo había comentado aun con nadie. Porque cuando su cuerpo moribundo se encontraba hundiéndose entre el barro del fondo y unos cuantos animales asustados, antes de perder la consciencia, recuerda comprender que iba a morir, y un pensamiento, una orden, a la que su mente se aferró con enfermiza fuerza: “Tengo que bajar mi metabolismo”; la factura de hacer una carrera de ciencias de la salud, ¿eh? Tus últimos minutos vivo y decides pensar en tonterías. Salvo que, extrañamente, su metabolismo descendió. Y su cerebro, que debería haber salido como un cementerio de neuronas por la hipoxia, quedó prácticamente intacto.
Estira los brazos y cierra los ojos. Es lunes, los principios de semana es cuando hace los chequeos principales. Comprueba por orden uno a uno los problemas clásicos: la tensión arterial tiene buena pinta, sus pulmones tienen un estado excelente (nada mejor que conocer lo que te hace el tabaco para ayudarte a dejar de fumar), no hay presencia aparente de caries en la boca (finalmente le había cogido el truco a controlar la microbiota bucal), glucosa normal, y creatinina, ácido úrico, colesterol, esos simpáticos amigos HDL y LDL tampoco parecían estar armando ninguna; la hematología se la tomaba con calma porque no podía evitar cierta simpatía especial para sus “trabajadores” tan laboriosos y tan…
Frunce el ceño, acaba de encontrar un trombo. En este momento es minúsculo e inofensivo, pegado al interior del vaso sanguíneo sin estorbar, pero no piensa correr ningún tipo de riesgo: contacta con las células endoteliales cercanas al coágulo y les ordena sintetizar activador tisular del plasminógeno para disolverlo. Vigila la conversión del plasminógeno a plasmina y supervisa que nada se vaya de control, hasta que el vaso recupera la normalidad. Continúa el chequeo, ahora sin la sonrisa, y cuando termina suspira aliviado; no puede evitar quedarse tenso cuando encuentra cualquier anomalía hasta que termina la revisión.
Tan sencillo y a la vez tan extraño, reflexiona mientras recoge la bolsa y sale de casa en dirección al trabajo. El cuerpo humano es como una máquina, ¿no? Con todos sus componentes mandándose señales unos a otros, y convergiendo la mayoría en el sistema nervioso para contarle sus penas y sus alegrías. Y de alguna forma, él ha logrado que esas señales le lleguen claras y concisas como si fuera una conversación por el chat de un ordenador; y al mismo tiempo, ha aprendido a explicarles a sus órganos y tejidos lo que tienen que hacer cuando algo decide empezar a volverse patológico. Por supuesto, a veces es ligeramente estresante, los mastocitos y eosinófilos fueron muy tozudos con la alergia y le costó sudor y sangre conseguir arreglar la miopía que sufría. Acelera el paso mientras comprueba la hora en el móvil, va a tener que acelerar el ritmo si no quiere llegar tarde. Menos mal que cuando revisaba su recuperación al salir del hospital, prácticamente convirtió su cuerpo en el de un deportista olímpico.