Mareas de Estrellas

La nave se deslizaba por la total inmensidad del espacio, rápida, silenciosa… y letal. Todo aquello que se interponía en su camino era barrido de la oscuridad del vacío en un abrir y cerrar de ojos. El polvo cósmico era lo único que dejaba atrás el titan de metal. Las criaturas adentradas en la gélida y metálica panza de la colosal nave estelar corrían de un lado a otro, subiendo y bajando por las distintas salas en pos de las órdenes de su líder.
Los ruidos incesantes de las alarmas y los sistemas de detección de objetivos en el radar no dejaban entrever las voces mecánicas de los tripulantes de las naves mientras se ocupaban de preparar todo lo necesario para el combate que estaba por comenzar en muy poco tiempo. Preparaban las municiones para las armas, revisaban los trajes en busca de defectos, afilaban cuchillos y espadas. Sabían que habría bajas en ambos bandos. Siempre las había. Las batallas no se ganaban con la esperanza de sobrevivir sino, con la fuerza que denotaban los luchadores para derrotar a sus adversarios. Daba igual cual fuera el contrincante –hombres, mujeres, niños, ancianos-, siempre daban lo mejor de ellos mismos sin miramientos alguno. Era un hecho.
Los sonidos metálicos de unos pasos fueron acallando en segundos el griterío que reinaba en toda la nave. Los miembros de la tripulación dejaron a un lado todo lo que tenían entre manos para prestar completa atención a aquel sonido. Cada paso era como un martillazo, una bomba que provocaba que todos aquellos que intentaran escucharlos bajaran la cabeza por temor a perderla por la fuerza de la explosión. Solo podían seguir con la vista la dirección por la que se apreciaban aquellas pisadas.
La robusta puerta de acero y titanio se abrió lentamente con el movimiento de los engranajes. Una nube de vapor salía despedida de su interior como si de la boca de un volcán enfurecido se tratara. Una esbelta pero alta figura negra se alzaba entre la cortina de humo. Su visor –de un color parecido a la sangre recién derramada-, observaba a todos y a todo lo que se encontraba en la cubierta de mando. Con pasos decididos se internó hacia el centro la sala. Un pequeño recolector se acercó hacia ella.
-Mi Hacedora – se inclinó con cierto nerviosismo -. Las tropas están ya dispuestas para el combate y los Extractores de Materia se encuentran en línea.
-Perfecto, siervo -su electrónica voz resaltaba un ligero matiz casi femenino-. Prepara el Salto Cuántico y fija rumbo a las coordenadas fijadas. Nada debe interponerse en nuestra captura de componentes. ¿Ha quedado claro? Su mirada -aunque fuera solo un haz de luz roja fuera de su cráneo metálico-, era cuanto más, terrorífico.
-Sí, Hacedora – con una última reverencia el ser robótico se fue a seguir las ordenes de su intransigente ama.
La Hacedora se sentó en un trono de acero esperando la cuenta atrás para impulsarse por las estrellas hacia su objetivo mientras, entreveía un holograma de los sistemas estelares que ya había consumido su especie en pos de la búsqueda de nuevos materiales para la creación de un mayor ejército. Un ejército que le serviría durante los siguientes milenios.

Sector B-46. Cinturón de Asteroides del Planeta Gesh´pon.
Nave Comercial de la Unión de Sistemas: Centuria-J/56
Hora interior de la nave 07:52 AM. Camarote del Capitán.

Los ronquidos eran lo único que se podían escuchar en aquella pequeña estancia. Una masa de mantas y almohadones se movía encima de la cama, como un animal en cautiverio que deseara escapar de su cárcel, pero, en un intento en vano. Los brutales ruidos vocales no hacían sino aumentar dentro de la cabina hasta que la alarma empezó a sonar. El capitán dio un fuerte salto por el susto, golpeándose la cabeza contra un pequeño armario metálico empotrado contra la cama. Mientras se sostenía la cabeza para apaciguar el dolor, la puerta de su camarote particular se abrió de pronto.
- ¡Capitán! ¡Capitán! -gritaba el Alférez Madison hasta encontrar al hombre tirado en el suelo-. Señor, levántese, le necesitamos.
El viejo hombre intento como puedo ponerse de pie, sintiendo como su cabeza fuera a estallar entre el insufrible ruido de las sirenas y el fuerte golpe que acababa de recibir. El alférez ayudo a su capitán a levantarse del suelo de rejillas.
- ¡Señor! ¡Nos están atacando!
Eso fue suficiente para el canoso hombre quien se olvidó del dolor y el ruido que retumbaba en su cabeza para vestirse en un rápido movimiento el abrigo de la cabecera de la cama, ponerse las botas y lanzarse como un rayo hacia el puente de mando.
¡¿Y ahora qué pasa?! -fue lo único que dijo antes de desaparecer por la puerta de su camarote, dejando atrás al joven alférez.