El trasplante

Aquel anciano había superado infinidad de pruebas médicas durante las últimas semanas y había llegado el momento de formalizar el singular contrato, que requería de un previo registro de datos bastante particular. Se encontraba delante de una enfermera que consignaba toda la información del formulario en el ordenador, cuando parecía perder la paciencia definitivamente. Estaba acostumbrado a conseguir rápidamente todo lo que le placía, pero ni su abrumadora fortuna podía acelerar el proceso. Resignado, comenzó a atacar sin reparo a su interlocutora.
-Primero tres doctoras, luego dos psicólogas y ahora usted. ¿No trabaja ningún hombre en esta empresa?, ¿acaso ustedes no tienen hijos que cuidar?
La enfermera conocía perfectamente la personalidad machista, racista y homófoba de su repulsivo cliente, pero seguía comportándose con profesionalidad, sin responder a las provocaciones.
-¿Raza de cuerpo donante?
-Caucásico, ¿qué si no?
-¿Edad del donante?
-Entre veinte y treinta años.
-¿Constitución?
-Atlética. Sobre todo que sea alto. – Altura a él no le sobraba precisamente, y no sólo de la moral.
La mujer tardó más de media hora en registrar los datos. El cuestionario tenía un inusitado detalle, pero nada de eso era complicado. Lo complejo sería la previsible futura operación quirúrgica que trasplantaría el cuerpo de una persona sana a la cabeza de ese hombre, cuando el suyo no diera más de sí. Alguno lo llamaban trasplante de cabeza, pero realmente era un trasplante de cuerpo. Cuando terminó el proceso de recogida de datos y lectura de condiciones contractuales, ella le dedicó su penúltima sonrisa.
Doce años después, cuando murió de cáncer de hígado, aquel multimillonario lo era aún más. La empresa actuó con celeridad para conservar el cuerpo. Pero aún no existían los medios para realizar el trasplante. La ciencia debía seguir avanzando.
Las cosas eran diferentes siete lustros más tarde, cuando la cirugía robotizada parecía obrar milagros. Por fin podrían prestarse los servicios contratados antaño por el excéntrico cliente, aunque ya nadie le conocía por aquel entonces. Al despertar del coma inducido, alzó las manos lentamente y las observó horrorizado. Luego se palpó el cuerpo. Aún no tenía fuerzas para gritar, pero su alma pareció desgarrarse.
Una semana después, la enfermera, jubilada y atendida en una humilde residencia de ancianos, veía las noticias desde una mecedora, cuando observó a alguien muy familiar. El anciano con cuerpo de joven era acosado por los periodistas e intentaba a duras penas explicar las acciones judiciales que iba a emprender por aquel cuerpo de mujer afroamericana que tenía. La mujer le dedicó su última sonrisa y apagó la televisión.