El conserje

Los nazis llevan unos días paseando su odio repugnante por las calles de París. Mi familia ha huido pero yo he decidido quedarme, esperando a los secuaces del Führer, en la puerta del Instituto. No hay nadie a quien atender, la actividad cesó hace días pero debo mi vida a este lugar y a honrar a los que lo hicieron posible. No pienso irme, aunque tenga pánico a los soldados. Durante días he esperado, aguzando el oído, el sonido de las botas militares porque aquí, como conserje, recibiré a quien venga, también a esos malnacidos.
En mi garita, donde entra el olor a formol y fermentados bacterianos que desprenden los laboratorios cercanos, recuerdo aquellos días en los que empezó todo con el velo que cubre la memoria pasados 50 años. “Moustachu” era mi colega de aventuras pero, de la noche a la mañana, se había convertido en un perro rabioso con los ojos inyectados de furia y me había cosido a mordiscos mientras buscaba con mis amigos no sé qué huevo mágico en el gallinero. De lo sucedido unos días después tengo el recuerdo volátil del tremendo despliegue de llantos, mujeres de luto, un imberbe curilla del pueblo atorado ante su primer chaval moribundo y el olor pegajoso, mezcla de incienso y poca ventilación, de mi habitación. Yo ya me había entregado a esa vida entre ángeles y santos que me habían vendido mis padres (aunque no me acababan de parecer muy buenos compañeros de diversión) y, de golpe y porrazo, entre delirios, guardo la nebulosa imagen de un viaje a París con mi madre y la llegada a una habitación de hotel donde estaba él, vistiendo traje negro y pajarita y diciendo y haciendo cosas que yo interpretaba como una extraña brujería. Mis padres, desesperados, habían ido a buscar a aquel hombre ya famoso por sus artes curativas para que probara en mí su magia, una inyección de una mezcla de gérmenes atenuados que al parecer, eran los que transmitían la enfermedad. Inyección tras inyección, la fiebre y los espasmos se fueron desvaneciendo, mis padres volvieron a sonreír y el cura del pueblo pudo atribuir mi milagrosa resurrección a San Martin de Tours, patrono de Francia y por lo visto protector esforzado de los niños rabiosos. Yo pronto supe que el milagro no lo había obrado ese señor, sino Louis Pasteur, aquel hombre serio y cariñoso al que mis padres habían pedido un milagro, un milagro que aunque ellos no lo sabían se llamaba vacuna para la rabia y se apellidaba Ciencia.
Ya se oye el traqueteo de los camiones militares acercándose al Instituto. Mientras llegan, doy una última vuelta por los laboratorios de aquellos gigantes que tantas veces han burlado a la muerte y voy recordando mis peripecias entre esas paredes. Pocos años después de mi vuelta a la vida, quise visitar a Pasteur como agradecimiento y el sabio me había ofrecido un puesto como conserje en su Instituto de investigación como una especie de símbolo viviente de lo que allí se hacía. Fueron años fantásticos. Las partidas de cartas con Yersin, el suizo tramposo que había descubierto la bacteria que causa la peste, la borrachera de todo el personal en el laboratorio de Calmette cuando se supo del éxito de su vacuna contra la tuberculosis o las conversaciones sobre política con Metchnikov, ese barbudo anarquista con el que nunca compartí ideas políticas pero que se convirtió en un íntimo amigo después de una noche haciéndole compañía mientras experimentaba para descubrir la fagocitosis.
Ya están ahí, oigo conversaciones en alemán detrás de la puerta. Pronto se convierten en puñetazos contra la madera. Tiene mala pinta. Como han hecho en buena parte de Europa, los soldados, peones del odio y la sinrazón, vienen a ultrajar el hogar del conocimiento. Pero yo soy el conserje. Debo abrir. Robo unos segundos al tiempo y me acerco a su tumba, la del hombre que había iluminado con los avances derivados de la aparición de la microbiología y la inmunología una Europa oscura y acechada por las infecciones y que a mí me había concedido una vida en familia y un trabajo fascinante rodeado de titanes. Un alivio que no tenga que pasar por esto, Monsieur Pasteur, murmuro, gracias por todo. Mientras recorro el pasillo para abrir la puerta, siento cómo tiembla mi mano derecha, bañando de sudor frío la empuñadura de la pistola.