La granja

La nave de experimentos estaba totalmente aislada del exterior y sellada herméticamente. En el interior unos potentes focos, de luz artificial, iluminaban los distintos compartimentos. En el primero estaba la incubadora nodriza, un enorme recipiente lleno de líquido amniótico, A través del vidrio de metacrilato se podían ver a un centenar de embriones, flotando, cada uno su respectiva celda. La alimentación la obtenía, cada uno, a través de una sonda diminuta incrustada en su abdomen, recibiendo, así, los nutrientes sanguíneos, que procedían de una gigantesca placenta, adosada a la enorme incubadora. Una computadora central era la encargada de verificar, cuándo, el peso y el desarrollo de cada feto, eran los idóneos para abrir la compuerta de una rampa oscura y resbaladiza, que precedía al alumbramiento en la sala de maduración y engorde. Allí, los bebes permanecían los doce primeros meses de vida, en cubículos que se iban adaptando al crecimiento de los niños. Eran alimentados y aseados por múltiples brazos articulados. Ningún ser humano podía entrar en la granja de cría, ni mantener contacto físico con ningún niño, para evitar la contaminación externa. Todos los niños de la granja, previa selección genética serían mujeres y hombres, sanos y musculosos. Al cumplir el primer año los trasladaban al compartimiento de aprendizaje, donde los segregaban por sexos. Le asignaban, a cada uno, un pequeño robot guía, al que los niños seguían a todas partes. Aprendiendo por imitación a controlar todas sus necesidades fisiológicas y a realizar, en función del género, diferentes tareas manuales. Al cumplir los cuatro años pasaban al módulo de socialización que consistía en proyectar, en grandes pantallas, imágenes del exterior de la nave. Paisajes idílicos, con niños correteando felices de la mano de mujeres jóvenes, que los abrazaban y los llenaban de besos. Las imágenes, debidamente distorsionadas, reflejaban en el plasma, sombras chinescas, fantasmales y monstruosas.
El proceso concluía cuando, a los niños, les abrían una compuerta, desde donde se podía acceder a un bello jardín, lleno de luz, con mujeres jóvenes, esperando a los pequeños, con los brazos abiertos. Los niños de la granja, cegados por el sol, que veían por primera vez, retrocedían asustados, corriendo, todos ellos, al interior de la nave, abrazándose a los fríos cuerpos de los robots de cuencas vacías.
En el interior del laboratorio unos hombres con trajes de astronautas se felicitaban. Todo había salido perfecto. La remesa de esclavos para enviar a Marte estaba terminada.