El fin de una civilización

Leí este relato en la revista “Curiosidades y Portentos del Pasado” mientras sobrevolaba las viñas de Groenlandia a bordo del dirigible Esglai en su vuelo regular de mayo de 20.714 entre Solsona y Fairbanks.

Nadie sabe cómo desapareció la primera civilización que ocupó la Tierra durante 10.000 años. De ella hemos heredado su calendario, el futbol, la paella y la Sociedad Política de Naciones, entre otras cosas; pero aun no entendemos bien su final. Falta información de su última época, debido a una mala estrategia de conservación de datos en soportes virtuales, pero las reconstrucciones muestran una sociedad con disfunciones en demografía, economía y gestión ambiental.
Hoy sabemos que la Tierra puede soportar al menos 50.000 millones de habitantes viviendo razonablemente y que el problema de las sociedades maduras es no menguar. Nosotros llevamos siglos esforzándonos en mantener los 5.000 millones actuales sin excesivo envejecimiento. Antes del colapso ellos eran 7.800 millones, producían alimentos para 16.000 millones y sus tasas de crecimiento eran negativas en los países desarrollados y apenas positivas y descendentes en el conjunto del planeta. Su problema eran los desequilibrios que permitían coexistir la escasez con el despilfarro a diversas escalas espaciales y que originaban tensiones y flujos migratorios incontrolables. Ellos sabían todo esto pero seguían hablando mucho de la superpoblación y trabajando poco la desigualdad. Este es un buen ejemplo de un fenómeno frecuente en aquella época, consistente en tener datos fiables sobre algo y actuar según ideas no soportadas por ningún dato. Puede que existiesen manipulaciones interesadas de la sociedad, con fines desconocidos, a través de canales de desinformación que sabemos que existían (Internet, Twitter, COPE, BOE) o puede que fuese simplemente “estupidez”.
En lo concerniente a la salud del planeta parecían preocupados por lo que llamaron cambio climático y biodiversidad. Ambos son conceptos confusos, quizás porque su definición se recogió en los sistemas de información perdidos, pero lo cierto es que se usaron de forma ambigua hasta convertirlos en conceptos vacíos y nada indica que actuasen de acuerdo con las inquietudes que manifestaban.
Hoy no comprendemos esta desconexión con la realidad ambiental, pero hay dos hechos comprobados que pueden ayudar. El primero es la distribución poblacional que a partir de la primera década del siglo XXI pasó a ser mayoritariamente urbana. Este reparto, inimaginable hoy, nos lleva al segundo hecho: tal situación solo era posible con una economía especulativa e irreal, basada en la superproducción y comercio de bienes superfluos y poco duraderos cuyo destino principal era su recambio continuado. Un 10% de la población manejaba el 90% de los recursos que eran mayormente virtuales. Así, el valor se medía en precio, que se tarifaba en algo llamado dinero, que en realidad no estaba avalado por nada tangible más allá de la fe en el sistema. Estos datos sirven para comprender una sociedad en que menos del 5% de la riqueza pasaba por el sector primario que estaba poco valorado. Paradójicamente una fracción mayoritaria de la sociedad que no hacía nada útil era la dominante.
No se pueden modelar evoluciones predictibles en estructuras incoherentes, por eso ellos no vieron venir su fin y a nosotros nos cuesta reconstruirlo. Lo cierto es que con una población mundial urbanita ajena a la naturaleza la sociobiosfera dejó de funcionar. Y aquí se plantea una cuestión importante: ¿dónde estaban los científicos ambientales?. Sabemos que hubo muy buenos ecólogos, al menos hasta cerca del fin del siglo XX, pero después escasea la información. La impresión que se extrae al investigar sobre algunas revistas científicas de referencia de la época que nos han llegado (Science, Nature, Ajoblanco) es que también había desorientación científica en temas ambientales y artículos lúcidos comparten espacio con otros banales o falsos. Para explicarlo, la teoría en boga sostiene que dada la peligrosidad de los ecólogos para aquel sistema se les desactivó mediante un criterio de valoración de su trabajo que consistía en pagarles no por la trascendencia de lo que hacían sino por el volumen de lo que escribían en revistas de referencia, que eran parte del sistema.
De todas formas la influencia de los ambientólogos en aquella sociedad, debía ser muy limitada. Si cuesta creerlo recordemos la historia de nuestra civilización, la tercera del planeta Tierra, que se inicia hace 5.400 años con la creación del CESP (Consejo Ejecutivo de Salud Planetaria, formado por filósofos, ecólogos y poetas) que controla con derecho de veto a la Sociedad Política de Naciones.
Hoy los socioecohistoriadores siguen investigando las desviaciones que acabaron con la primera civilización del planeta Tierra. En lo que los estudiosos han perdido el interés es en descubrir qué hecho concreto desencadenó su colapso fulminante; porque :¿qué interés tiene saber si un castillo de naipes cae por la brisa o por un microseismo cuando la causa del derrumbe es su imposible estructura?.