No lo quieres saber

Mi querido Anthony Noonan fue precoz en todo. Nació en un pequeño pueblo de la costa australiana. Su madre Samantha se puso de parto el sexto mes de embarazo y el entonces excesivo flujo de oxígeno usado en los incubadores para salvar la vida de bebés prematuros, hizo que se quedase ciego de un ojo. Pero con su amplia sonrisa me contaba cuán afortunado se sentía. Sin duda, era mejor la ceguera que el daño cerebral que le hubiese causado una falta de oxígeno. De hecho, esa infusión de gas en su plástico cerebro dio lugar a una mente privilegiada. Sus dos pasiones eran la ciencia y las chicas orientales, y dedicaba sus esfuerzos a usar la primera para agradar a las segundas. Centró su investigación en las redes neuronales y en ver cómo descifrar esas misteriosas conexiones que promovían el comportamiento de las mujeres. Se trasladó a Pekin siguiendo a Pindy, que abrumada por su dulzura, persistencia y amor incondicional, terminó casándose con él. Ella lo hizo llegar a lo más alto, pero la caída fue insalvable. Comenzó a entender cómo esos pulsos eléctricos que detectaba en voluntarios, podían relacionarse con pensamientos, creando un lenguaje cerebral comprensible. ¿Quién no ha soñado alguna vez con poder leer los pensamientos de los demás? Pues Anthony lo consiguió y eso fue su ruina. En su carta de despedida a Pindy y a los que, como yo, pasamos por su vida y lo adoramos por su calidad humana, humildad y brillantez, explicó las razones por las cuales se llevó su descubrimiento a la tumba. Es mejor no saber lo que piensan los demás. Realmente, ni tú ni yo lo queremos saber. Viviremos más felices.