Justicia de hojalata

Diciembre de 2119
Raquel escuchaba, sentada en la silla de su enorme despacho, una antigua canción de un compositor que su abuelo adoraba. “Alpha” se llamaba la melodía, pero era incapaz de recordar el nombre de su creador.

Mientras miraba por la ventana aquel cielo naranja, pensaba en cuáles de los candidatos serían los mejores para ocupar las plazas de doctorado que ofrecía. Por supuesto, las solicitudes procedentes de “óptimos” descansaban ya en la papelera del escritorio del ordenador. Los “óptimos” no eran más que engendros concebidos por la ingeniería genética y la programación; humanos mejorados; máquinas; una farsa. Raquel no había llegado a ser líder de uno de los grupos más punteros del mundo para permitir que el futuro del planeta dependiera de un robot.

Enero de 2094
Raquel tenía que conseguir la publicación antes que Priscilla, la otra doctoranda de su grupo. De lo contrario, su tesis sería en vano y perdería años de trabajo. Si no conseguía sustituir el plomo por otro catión antes que su rival, no sólo su carrera se sumiría en el olvido, sino que además habría permitido que una máquina ganara. No aceptaría jamás que una “óptima” (mejor dicho, una “sintética”, como se les había llamado antes de que tuvieran derechos) se regocijara con aquella victoria.

Aquella tarde, Priscilla, en un acto de inconsciencia, dejó su ordenador encendido y bajó al laboratorio. Raquel accedió sin problemas y revisó el correo de su compañera, donde figuraba un pedido de una rara sal de Indio. Pricilla había encontrado el reactivo que ambas necesitaban; el grial que permitiría a la ganadora alzarse con la receta de la energía solar no tóxica. Pero Priscilla no merecía tener tal reconocimiento. Sólo era una máquina, un software.

Raquel tomó sin permiso el pedido de su rival, que buscó el reactivo durante días. Construyó celdas solares con aquel material y las presentó a su líder de grupo. Aquel salto a la fama la conduciría a ser la líder de su propio grupo con la certeza de haber hecho lo que era correcto; o al menos justificando sus actos a través de la naturaleza de su contrincante, que tuvo que abandonar sus reactivos y pertenencias en el pasillo, mientras el resto de grupos fagocitaban los residuos de su fracaso.

Marzo de 2081
Aquella mañana emitieron por el visor otro anuncio sobre las ventajas de los sintéticos. Raquel no entendía demasiado qué podía tener de beneficioso ser un pedazo de plástico y venas postizas, pero no le dio más vueltas hasta llegar al instituto.

“Éste es Ricardo” – dijo la tutora. Por la puerta apareció el “chico” nuevo. En realidad no era un chico, era un "sintético", o al menos así lo había expresado la tutora. Aunque todos los niños se mostraron reticentes al principio, no tardaron en ofrecer amistad a Ricardo. Al poco tiempo, el sintético ganó a pulso la aceptación y la admiración del resto de niños ya que todo lo hacía correcta y elegantemente, y su rendimiento era únicamente comparable al de Raquel.

Sin embargo, la tarde del 27 de Marzo, la policía acordonaba el autobús volcado que usaba el padre de Raquel para ir y volver de la fábrica. 12 muertos, humanos; 4 vivos, "sintéticos". El conductor, que figuraba entre los supervivientes, posiblemente había sufrido un cotocircuito o un error de programación. Aunque fueran más listos, aunque fueran más resistentes, los "sintéticos" eran también más peligrosos.

Tras la muerte de su padre, Raquel no volvió a hablar jamás con Ricardo. Toda la culpa la tenían los robots, y se juró que no permitiría que de ellos dependieran el resto de mortales. Se dedicaría a la ciencia, al servicio de los hombres y de las mujeres, para hacer del mundo un lugar mejor… sin "sintéticos".

Noviembre Año 2070
La polución grisácea del distrito se cernía sobre el hogar del matrimonio Ford. El sonido de los raíles del tren y del bullicio del mercado arremetía contra la maltrecha estructura de aquel piso del extrarradio que cobijaba a la desolada pareja.

No había nada en el mundo que los Ford ansiaran más que poder tener descendencia. Pero el destino es a veces cruel a la par que traicionero y, por algún misterio que ni el mejor de los médicos supo desentrañar, la pareja era completamente infértil. Sin embrago, tras malvivir 7 años en un piso de tercera, la pareja puso su descendencia en manos de la ciencia; decidieron acudir a la oficina de “SynCo Industries”. Allí, les condujeron por largos pasillos que albergaban personitas sintéticas. Erguidos, con los ojos cerrados y el rostro plácido, les esperaban innumerables seres, idénticos a niños humanos de edad temprana.

Los Ford quedaron prendados de una niña, de una “sintética”. Su cara reflejaba tranquilidad, pero también astucia. Ella sería su hija, y su nombre sería Raquel.