Mirando al pasado

Hace mucho tiempo, en una galaxia muy muy lejana, un habitante de un planeta entonces desconocido por el ser humano observaba a través de un artefacto que los humanos calificaríamos como telescopio. Dicho individuo tenía una forma y fisonomía muy parecida al ser humano: dos extremidades que utilizaba para desplazarse, otras dos extremidades que empleaba para manipular objetos, y una cabeza donde parecían encontrarse la mayoría de sentidos. Entre ellos destacaba la existencia de tres ojos ubicados a lo largo de la cabeza. A través de uno de ellos, el individuo miraba con preocupación lo que su telescopio le mostraba que estaba sucediendo a millones de kilómetros y años de distancia. De entre todos los planetas que el habitante había observado durante varios años, había uno que le entusiasmaba. Se trataba de un planeta azul en el cual vivían toda clase de reptiles (algunos voladores, otros gigantes…), los cuales eran ajenos a lo que estaba a punto de suceder. El individuo pudo observar a través de su telescopio cómo un gran meteorito se dirigía a gran velocidad hacia dicho planeta. Allí estaba el individuo, inmóvil, sin poder hacer nada frente a la catástrofe inminente que se avecinaba a 33 millones de años luz de distancia.

33 millones de años después, en dicho planeta azul que observaba el individuo anterior, un hombre se disponía a estrenar el nuevo telescopio que acababa de adquirir. Era el año 2083. Dicho telescopio tenía una precisión nunca alcanzada por ningún otro dispositivo óptico hasta ese momento, lo que permitía observar con total precisión galaxias situadas a millones de años luz de distancia. Después de contemplar algunos de los rasgos más característicos del Sistema Solar, como las manchas solares o las piezas de hielo que forman los anillos de Saturno, el hombre decidió explorar planetas más lejanos y, por tanto, adentrarse en el pasado. El gran tamaño del universo provoca que, al observar, por ejemplo, un planeta situado a 1 año luz, se esté observando el estado de dicho planeta hace 1 año. El hombre pronto se fijó en un gran planeta de color verde ubicado más allá de la Vía Láctea. Al hacer zoom con una lente de gran precisión pudo observar cómo dicho planeta parecía albergar vida, tal como reflejaban las edificaciones existentes y el movimiento que se observaba en él. Un zoom mayor le permitió corroborar sus sospechas: pudo observar con claridad la existencia de individuos con forma similar a la humana, con la principal diferencia que dichos individuos disponían de tres ojos. Al hombre le llamó especialmente la atención un individuo que manejaba un aparato que parecía ser una especie de telescopio. Por su gesto, parecía que dicho individuo estaba especialmente preocupado. ¿Qué estaría observando?

En ese momento pudo ver cómo un gran meteorito de un tamaño ligeramente inferior al planeta verde se acercaba a dicho planeta. El meteorito no era visible a simple vista (al menos humana) ya que tenía una longitud de onda muy baja (inferior al espectro ultravioleta), por lo que posiblemente no era detectable por los telescopios disponibles en dicho planeta. La trayectoria del meteorito intuía un impacto en menos de una hora. ¿Qué podría hacer él? Si existiera alguna forma de comunicarse con dicho planeta… La tecnología había avanzado de forma vertiginosa en los dos últimos siglos, pero los límites de la velocidad de la luz eran todavía infranqueables.

54 minutos después se produjo el choque. Una gran nube de polvo debida a la explosión lo cubrió todo. Pasarían cientos de años hasta que dicha nube desapareciera. ¿Qué habría pasado con el planeta verde? ¿Sus habitantes habrían sido capaces de sobrevivir al impacto? Seguramente no, pero era una respuesta que nunca sería capaz de conocer. Y en el caso de haber sobrevivido, ¿cómo de avanzada sería hoy en día dicha civilización, teniendo en cuenta que hace 33 millones de años ya disponían de telescopios? Comparado con la raza humana, nos llevaban prácticamente 33 millones de años de ventaja.

Al mirarse en el espejo, el hombre encontró la misma cara de preocupación que había visto en aquel individuo hacía apenas una hora. No pudo conciliar el sueño en toda la noche. ¿Por qué le había afectado tanto lo que le ocurrió a los habitantes de ese planeta hace 33 millones de años? Dicha civilización debería de estar seguramente ya extinta, pero al poderla observar de tan cerca parecía que sus habitantes estaban viviendo el mismo instante temporal que el terrícola. Con esa extraña paradoja producida por el tamaño del universo se durmió. De repente, algo le despertó. Encendió la luz de su mesita de noche y encontró en ella un papel que no estaba allí cuando se acostó. El contenido del papel le dejó en estado de shock: “Cuidado. Un gran meteorito se acerca a vuestro planeta”.