I+D a la carta

Roberto preparó la ensalada de microalgas con el mimo de siempre. Se acercó a los tanques donde criaba almejas y les echó el mejunje.
—¡Buenos días, preciosas y preciosos! ¿Cómo estáis hoy? Espero que hayáis crecido lo suficiente como para quereros y aparearos.
—¿Ya estás hablando con las almejas? —preguntó su compañero David, enfrascado en su tarea de marcar otro buen número de moluscos.
—Claro. Estoy seguro de que les ayuda a crecer. Hay que tratarlas con cariño —rio Roberto.
Ambos se ocupaban, en una sección del laboratorio del CID, el Centro de Investigación y Desarrollo, de criar almejas y mejillones, con el fin de investigar sus patrones de crecimiento. Cada día les daban alimento, separaban a las recién nacidas para contarlas, nombrarlas y medir de manera periódica cuánto crecían.
—No sé para qué nos va a servir tanto cariño. Se rumorea que nos van a quitar la subvención —se quejó David.
—Yo espero que no. De hecho, deberían darnos más dinero y, en vez de ocuparnos de estos moluscos, podríamos investigar los patrones de crecimiento de elefantes y ratones… ¿Tú sabes lo que sería convertirnos en los científicos que averiguan por qué unos seres crecen tanto y otros tan poco?
David meneó la cabeza. Ya estaba Roberto con sus ensoñaciones. Lo dejó canturreando mientras alimentaba a sus criaturitas, como él las llamaba, y se sentó a la mesa para redactar los informes pertinentes.
Aunque reconocía que su compañero tenía algo de razón. El trabajo no estaba mal, pero el escaso dinero que el Gobierno destinaba a I+D no daba para más investigaciones. ¡Y había tanto por descubrir! Él mismo había soñado alguna vez con recibir un premio o una beca por sus esfuerzos. Al final había encontrado ese trabajo en el CID, que le gustaba mucho, pero no le llegaba a satisfacer personalmente del todo. Si pudieran hacer algo más…

Esa tarde, cuando Roberto llegó a casa, su mujer Elisa le estaba esperando.
—¿Qué tal el día? —le preguntó, quitándose el delantal.
—Bien, como de costumbre. Las almejas y los mejillones no se quejan. Los tengo contentos. ¿Qué hay para cenar?
—Hoy he preparado una quiche de puerros y bacon. Tenemos un godello para acompañar que he comprado en la Bodega del Catador.
—Eres fantástica —le dijo Roberto, dándole un beso.
—Ah, recuerda que el sábado vienen a cenar los del grupo de catas. Aún no hemos decidido qué menú haremos. Ellos traerán los vinos.
—No sé, ya pensaremos en algo.

A la mañana siguiente, Roberto estaba preparando su ensalada de microalgas con el mimo acostumbrado, cuando entró David con cara de pocos amigos.
—¿Qué pasa? ¿Noticias de las alturas? —preguntó Roberto, dejando de lado su quehacer.
—Sí. Y nada buenas. Nos han quitado la subvención.
—¿Qué dices?
—Nos van a recolocar en otro sitio, no sé dónde. Me han dicho los de arriba que para el lunes que viene debemos despejar todo esto —explicó, apesadumbrado, señalando los tanques con los más de cinco mil moluscos numerados que crecían y se apareaban.
—¿Y qué vamos a hacer?

Esa noche, Roberto llegó a casa y lo recibió su mujer, como de costumbre. Dejó la chaqueta en el perchero y le dijo:
—Acompáñame al coche, que tengo la cena para el sábado.
—¿Sí? ¿Has comprado un buey? —bromeó Elisa— Mira que en el curso de cocina todavía no he llegado a las carnes rojas.
—Mejor aún. Vamos a hacer una cena degustación de almejas y mejillones. Toma —dijo, alcanzándole el libro 100 maneras de cocinar pescados y mariscos—. Le he echado el ojo y hay algunas recetas que podemos hacer.
—Ya sabía yo que con este empleo tuyo no pasaríamos hambre.