Monstruos

Esto ocurrió dentro de muchos años. A comienzos del mes de mayo.
Esto ocurrió una tarde de un día ya declarado primavera. Aclaro la estación del año, porque no sabría decir el lugar del hecho, pero sí que era mayo y era primavera y eso ya dice algo.
O dice mucho.
Esto ocurrió tres días después de aquel. Sabes lo que quiero decir. Alguien de esta era puede entenderlo perfectamente porque es una sensación atemporal y pretéritamente humana. Esa percepción de estar lleno de monstruos que te devoran por dentro y te sientes tan vacío y tan vomitivamente repleto a la vez.
Esto ocurrió una tarde de mayo y primavera, cuando te preguntaste qué hacer ahora con todo esto de dentro. Pensaste que tenía vida propia. Lo sentías moverse de la garganta al pecho, del pecho al estómago y de allí a la cabeza.
Esto ocurrió cuando decidiste que te vaciarías en lágrimas y las recogerías todas en tubos herméticos. Evaporaste los líquidos, cultivaste los restos.
El primer inconveniente surgió cuando ningún pigmento teñía el cultivo, pero se presentía una masa densa de materia, que te llevó a deducir la existencia de moléculas no identificadas hasta que las observaste con atención por primera vez y percibiste un color y luego muchos y luego todos.
El segundo inconveniente fue intentar hacer crecer el cultivo. Tampoco hubo sustrato exitoso, hasta que comenzaste a hablar, a hablarle y confesaste tus miedos y tus deseos.
Cuánto echabas de menos todo.
Y la materia comenzó a crecer en formas descontroladas y fulgurantes. De cajas de Petri a recipientes de vidrio y de allí a peceras y de peceras a una habitación entera destinada a este o estos seres descomunales. Ya era demasiado tarde para preguntarte nada. Era inconcebible plantearte evitar su crecimiento. Lo primero y lo último que hacías y en lo que pensabas era entrar a esa habitación y hablarle de ti, de lo que sucedía. Había días en que aquella masa crecía tanto que te abrazaba el cuerpo, te sostenía la cabeza, te cerraba los ojos y sentías paz.
Esto ocurrió un día, cuando ya no tenías nada para decirle. Lo único que pensaste fue en despedirte y la cosa dejó de crecer y se fue volviendo incolora a tus ojos.
Esto ocurrió una mañana, al entrar en su habitación y sentirte completo y feliz.
Ocurrió cuando levantaste las cortinas y abriste las ventanas para iluminar por fin, la habitación vacía.