El río del Paraíso

La mente de Vida discurría apacible por el río. El murmullo del agua embelesaba a los insectos encaramados en el aire. Agazapada entre la hierba de la orilla, alguna que otra rana daba buena cuenta de los más despistados. Los peces, entretanto, transparentaban su coloreada silueta bajo las aguas, ajenos a la suerte de sus parientes voladores.
Para los curiosos ojos de Ciencia, aquello suponía un espectáculo fascinante. Día tras día sus observaciones le llevaban a desarrollar teorías, echando mano de su imaginario infantil. El río en su vaivén le parecía un gran músculo que se contraía y relajaba al compás de la brisa. Bajo el agua, un aire irrespirable para los humanos mecía la melena como un viento. La superficie del río era plástica, una película que cubría y separaba el mundo acuático. Al salir del agua esa especie de membrana transparente cubría la piel humedeciéndola. Adherida como un film de cocina, la hacía brillar.
Vida apreciaba las observaciones de su hija y le procuraba experiencias que enriqueciesen su inquietud por desentrañar los enigmas de la naturaleza.
En pocos años Ciencia se rodeó de buenos amigos con quienes disfrutaba de sus excursiones al río. Comprendían la importancia de respetar el entorno y lo valoraban como un gran tesoro. Las noches adolescentes al resguardo de las estrellas fundían diversión, música y fascinación por el universo.
Para conservar las imágenes del río que tanto admiraba, Ciencia se aficionó a la pintura. Aprendió que los colores que utilizaba estaban compuestos por pigmentos minerales y emulsiones. La mezclas reaccionaban y se obtenían determinados resultados sobre el soporte. Todo parecía estar presente en la naturaleza y vinculado entre sí.
La seducción de aquel lugar de su infancia, se había extendido a otros muchos ámbitos. La lectura, la experimentación, la ciudad… fuentes para saciar su sed de conocimiento. A su alrededor, cualquier fenómeno era objeto de indagación.
De la mano del tiempo y de los medios de comunicación, Ciencia también descubrió una parte de la realidad que no le satisfacía. La contaminación, los residuos y la presión energética esquilmaban los recursos naturales y amenazaban la salud del planeta. El cerebro humano tan capacitado para apasionarse, involucrarse, disfrutar y socializar, también lo era para destruir, tiranizar y excluir a sus semejantes.
Para Vida los descubrimientos de su hija no eran nada nuevo y aunque compartía su decepción, le explicó, mediante una metáfora, que al igual que en sus pinturas, en el mundo no sólo existían colores luminosos, sino también una buena gama de grises.
Pero si algo caracterizaba a Ciencia, era su capacidad para resolver problemas y encontrar soluciones. Por ello, se dio al estudio en cuerpo y alma hasta llegar a convertirse en una gran investigadora. Durante su recorrido comprendió que emprender una labor pedagógica y divulgativa sería la mejor arma para combatir la falta de concienciación y la ignorancia. La emoción de investigar, descubrir, ingeniar, comprobar y resolver en equipo, devolvió a Ciencia el entusiasmo.
Día a día, Vida reconocía que la labor de su hija se adentraba en enigmas que se volvían cada vez menos opacos.
En uno de los muchos encuentros con investigadores, Ciencia conoció a Amor, un tipo sabio y seductor con quien sintonizó inmediatamente. Fruto de esta relación nacería Pasión, la primogénita de una saga de científicos que haría las delicias de Vida.
Abuela y nieta solían pasear junto al río e hilvanar conversaciones que las llevaban muy lejos. Pasión, heredera de la curiosidad materna, preguntaba por sus orígenes. Vida le hablaba de un tal Genoma, interesante y competente, de la tatarabuela Luz, mujer brillante como ninguna y de tantos antepasados que habían posibilitado su existencia.
Con los nombres de todos ellos, Ciencia decidió crear un gran árbol genealógico cuyas ramas se extendían en patrones de ondulación marcados por el ritmo de las aguas del río. De sus fértiles ramas brotaban hojas de un verde esmeralda. El dibujo de Ciencia traspasó las fronteras de papel y arraigó en la orilla del río con fuerza.
Cada mañana, Vida se recostaba a la sombra de sus ancestros y dormitaba entre el rumor del agua. Uno de aquellos días la pequeña Pasión despertó a su abuela.
-Te voy a contar algo- dijo la niña. Vida escuchó a su nieta con la sensación de estar reviviendo la infancia de Ciencia. – En el colegio hemos leído un texto muy antiguo sobre un lugar llamado Jardín del Edén- continuó explicando Pasión mientras sostenía con sus ojos la mirada de su abuela. - Allí crecieron dos árboles, el árbol de la vida y el árbol de la ciencia. También había un río… Abuela, a mí me parece que éste es el Paraíso.