Berlín, Príncipe

Berlin, 2 de mayo, 1915

–¿Qué haces aquí? ¿Por qué viniste Fritz? –preguntó Albert ocultando inútilmente sus lágrimas–. Deberías estar con tu mujer... sabes bien por lo que está pasando.
–Me apetecía ver hundido al hombre más inteligente de Berlín –respondió Fritz sarcásticamente, sabiendo bien que estaba hablando con el hombre más inteligente del mundo–. No te preocupes por Clara. Mejorará. Es este clima de guerra, que tensa a cualquiera.

El tren ante el cual los dos hombres estaban apostados comenzó su marcha. Albert dio dos pasos tras él, como deseando verlo durante un instante más detenido en el andén.

-¿Hundido? ¿Eso parezco?
-Sí –respondió Fritz–. Te he visto en circunstancias más exultantes. Un hombre puede aprender a vivir sin la mujer que amaba, y más si ha hallado el amor en otra, pero los hijos... Ver partir a un hijo es otra cosa. Ver marcharse a dos debe ser insoportable. Nosotros tenemos sólo a Hermann y no soportaría que nadie lo apartara de mi.

Justo en ese momento Hans saludó por última vez a su padre antes de que alguien cerrara violentamente la contraventana del vagón en el que viajaba. –Seguramente habrá sido una despechada Mileva –pensó Albert. Los reflejos de luz sobre el cristal ya no permitían ver la cara del joven, ni tampoco la del pequeño Eduard. Albert pagó el dolor por este último insulto de su ex-mujer con Fritz, a quien preguntó con marcada crueldad:

-¿Y qué tienes que decir de los hijos de los soldados que pueden morir mañana con tu "arma"... con tu "gas"? Eso sin tener en cuenta que también son hijos de alguien.
–No mezcle temas que no tienen ninguna relación, Herr Einstein –respondió Fritz refiriéndose a su amigo de manera formal, a la par que exigiendo respeto-. Es posible que Usted sea más inteligente que yo... más inteligente que todos, pero yo soy un héroe alemán.

Albert estuvo tentado de usar el mismo lenguaje (refiriéndose a Fritz por "Herr Haber"), pero algo le aconsejó no seguir por ese camino.
–Tienes razón Fritz, por favor, acepta mis disculpas.
–Disculpas aceptadas. –respondió Fritz poniendo su mano sobre el hombro de Albert y ejerciendo una justa presión conciliadora.

Albert terminó de recomponerse. El tren ya había abandonado la estación. Los dos amigos iniciaron su marcha en sentido contrario y en silencio, como intentando recordar a cada paso la amistad y aprecio mutuo que les unía.

-Déjame que te invite a cenar conmigo y con Clara –dijo Fritz rompiendo el silencio–. Si quieres puedes traer al Elsa. Además, a Clara le vendrá bien despejarse.
–Acepto, pero prefiero ir sólo, si no te importa.
–En absoluto –replicó Fritz, entendiendo que la tristeza se aliviaría más rápido otorgando al gran Albert Einstein el exclusivo protagonismo de una velada amenizada además por algo de licor.

Media hora después ambos hombres entraron en el nada humilde apartamento de los Haber. Clara yacía muerta en los brazos su hijo Hermann. Se había disparado en el corazón. Albert se aventuró a suponer las razones, pero no abrió la boca ni dijo nada más a Fritz. Tan sólo le abrazó y permitió que su amigo se lamentara con amargura apoyado sobre su hombro. Clara era una víctima colateral del gas cloro, de la guerra y de la estupidez humana. Y Hermann, y Fritz y él mismo.





Príncipe, 28 de mayo, 1919

Edwin estaba exhausto. Ya no era un joven, como todavía lo era Arthur.

–¿Funcionará? –preguntó Edwin sin aliento.
–Eso ya no depende de nosotros –replicó Arthur, y estaba en lo cierto. Estaban en manos de la meteorología.
-Dígame, -prosiguió Edwin– ¿qué hace una persona de su creencia religiosa en estos casos?
-¿A qué te refieres? –interpeló Arthur– ¿Quieres decir que qué hacemos los quákeros para poner a la naturaleza de nuestra parte?
–Más o menos, señor Eddington.
–Ya te dije que nada de "Señor". Nosotros buscamos la paz en todo lo que hacemos, ya sea una actividad personal o científica, como es el caso que nos ocupa –respondió Arthur.
–Y comprobando la teoría de su amigo alemán, ¿cree que lograremos la paz?
–No lo sé Señor Cottingham –respondió Arthur con una sonrisa irónica. Al menos actuaremos como científicos: buscando, sin descanso, la verdad. Buscando la verdad en paz.

Edwin le miró inspirado y convencido, como le ocurría cada vez que hablaba con Arthur. Ciertamente se respiraba paz en aquel paraje africano.

-¿Y tú? -prosiguió Arthur- ¿por qué decidiste acompañarnos, lejos de tu familia, tantos meses?
–Supongo que deseaba que mi hijo viera en mí algo más que un relojero de Ringstead. Quería hacer algo importante... que se me conociera como el hombre que "venció a Newton".
Arthur sonrió. Verdaderamente, estaba muy contento con tener al mejor relojero de Northamptonshire. Luego miró al horizonte y finalmente exclamó: -Tenemos trabajo, el eclipse comienza.