A orillas del saber

Los puertos siempre han sido las puertas de entrada a la exploración y los descubrimientos, a las aventuras y hazañas de los más intrépidos. No es de extrañar, pues, que este relato verse sobre uno de ellos.

Desde su fundación en el 227 a. C. por Asdrúbal el Bello, los destellos cristalinos de la superficie del agua han despertado a los habitantes de Cartagena. Entre praderas de Posidonia oceanica, sus fondos llenos de restos arqueológicos son una reminiscencia de lo allí acontecido. Es en este puerto natural, formado por los surcos esquistosos de la costa mediterránea, donde empieza, acaba y, por suerte, aún perdura esta historia; cuyo nexo común es el eje transversal, una de las mayores incógnitas y motivos de fascinación del ser humano: el mar.

La exploración ha sido siempre el paso previo a la investigación en ciencias naturales, siendo más que obvia la imperiosa necesidad del ser humano de ver algo con sus propios ojos antes de plantearse preguntas acerca de ello. Los viajes en aras de conocer los límites y recursos naturales de nuestro planeta, llevaron a numerosos exploradores nacidos en esta ciudad a adentrarse en lugares del globo terráqueo nunca antes visitados. La apertura directa al mar y una cultura empapada por el olor a salitre, hicieron de Cartagena una fuente de exploradores y marinos. Algunas de las misiones que llevaron a cabo, contemporáneamente olvidadas, recogen la esencia misma de la acción de descubrir

Y es que el mar siempre ha sido un cajón de misterios, actuando como una suerte de canto de sirena para los exploradores. Así, Juan Fernández descubrió Nueva Zelanda en el S. XVI. ¿Qué siente pues una persona al descubrir sus antípodas? Es una de las muchas preguntas ya incontestables. Otra empresa admirable fue la llevada a cabo por Marcos Jiménez de la Espada, uno de los integrantes de la “Comisión Científica del Pacífico”, el cual cruzó Sudamérica de este a oeste descubriendo numerosas especies durante varios años (1862-1866).

De vuelta en tierra, si hablamos del conocimiento universitario y la primigenia dispersión del conocimiento científico por la ciudad, no podemos olvidar a Carmen Conde, primera mujer en la Real Academia Española de la Lengua y fundadora de la Universidad Popular de Cartagena en el siglo pasado. Tal vez, esta última fue la tarea más ardua de las tres, ya que para prevalecer en el mundo del conocimiento, una mujer no solo tenía que romper barreras geográficas, sino también sociales.

Los tiempos han cambiado, la exploración ya no ocupa un lugar tan prominente entre las prioridades de la sociedad. Quizás porque queda poco por explorar en nuestro planeta o porque, en ocasiones,la exploración manifestó una intención meramente geopolitica, que poco aportó al conocimiento del mundo natural. Hoy en día, vivimos una época en la cual es ridículamente simple establecer contacto con lugares remotos del planeta.¿Qué pensarían los antiguos exploradores de que a los actuales habitantes de Cartagena les baste con un par de “clicks” y varios “scrolls” para descubrir las maravillas de nuestro planeta? Nos desenvolvemos en una época donde la ciencia es el paradigma que rige el rumbo de nuestras sociedades. Por ello, los avances en cualquiera de sus ramas moldean a los seres humanos exigiendoles una readaptación dinámica y continua en sus infraestructuras, tecnología y, por consiguiente, su estilo de vida.

A simple vista podría parecer que la exploración se encuentra en su momento más decadente, incluso obsoleto, que solo goza de cierto brillo vestigial de cariz épico. Sin embargo, muchos sostenemos que la exploración no ha acabado, sino todo lo contrario. ¿Qué es la investigación científica sino la exploración de nuestros tiempos? ¿Qué otra actividad enarbola la bandera del descubrimiento y la exploración como esta? ¿Qué otra manera de entender el mundo reta nuestros límites intelectuales y físicos como especie? Vivimos en la época dorada de la exploración, la de la exploración y desarrollo del conocimiento científico.

Mientras, en la orilla de ese mar, en ese puerto, el gran azul impregna las vidas y las vocaciones de los habitantes actuales como ya lo hizo con sus predecesores, pues sobre el mismo suelo han de desenvolver sus vidas. Sirva de ejemplo el caso del que suscribe estas líneas, nieto de un marinero y de un obrero de astilleros. La aventura, la exploración y el conocimiento ya no están en manos solo de los ricos o poderosos. Ya no somos solo marineros o exploradores, ahora muchos de los que hemos crecido sintiendo la brisa marina en nuestra piel, somos científicos. Y es así como los buques de investigación surcan las aguas de ese puerto eterno como si nada hubiera cambiado, camino de los lugares más remotos del planeta. En ellos, viajan investigadoras e investigadores para aventurarse de nuevo en los secretos que aún guarda el mar.