Zona cero

Una paloma observaba la calle desde el alféizar de una ventana. El viento soplaba y aireaba sus plumas. De pronto un escalofrío recorrió su cuerpo y sintió cómo se quitaba un gran peso de encima. Un mes más tarde, los telediarios internacionales alertaban de una emergencia sanitaria a nivel planetario. Una misteriosa fiebre hemorrágica se había extendido en todas las latitudes.

—Presidente, ya han llegado los científicos de la universidad.
—Bien, hágalos pasar.
Un hombre y dos mujeres entraron al despacho del presidente. Su aspecto, informal, denotaba que habían intentado vestirse acordes a un encuentro de esta categoría. No les había salido muy bien. El presidente les saludó afectuosamente, aunque con una mirada desconfiada.
—Gracias por venir. La situación es de emergencia total. El número de afectados llega ya a un millón de personas, y sigue creciendo.
—Lo he visto en las noticias —dijo una de las científicas, que se llamaba Marina—. Tenemos algunos resultados preliminares pero no todavía no estamos seguros. Parece ser una bacteria muy resistente.
—Entonces, ¿hay tratamiento?
—Bueno. Los antibióticos tradicionales no parecen funcionar. Hemos intentado utilizar un screening de amplio espectro y específicos de quinta generación pero no parece afectar al crecimiento.

El presidente miró de reojo a su asesor, con el cejo fruncido. Éste se adelantó mientras el presidente asentía.
—Sí —dijo el asesor—. ¿Esto qué significa exactamente? Entenderéis que no somos especialistas, necesitamos una respuesta que podamos transmitir con claridad a la opinión pública.
—Fundamentalmente —interrumpió el hombre, que parecía más joven que la primera científica—, que las alertas que la comunidad científica llevamos haciendo desde hace años, y que no han tenido respuesta por parte de la administración pues se han convertido en una emergencia de primer orden. ¿Saben qué pasa cuando se abusa del uso de antibacterianos? Pues esto.
La segunda investigadora, que aún no había dicho nada, se situó sutilmente al lado del hombre para intentar calmarlo.
—No. No. Déjame un segundo Marina. Tengo que decirlo.
—Con todo el respeto —interrumpió el presidente—. Desde el gobierno hemos apoyado y priorizado la ciencia como capital fundamental. Las convocatorias garantizan el acceso a fondos. Es responsabilidad de ustedes hacer un buen uso de esto y de tener a punto sistemas de prevención que eviten casos como éste.

Los tres investigadores se miraron con una expresión de incredulidad y sarcasmo ante las palabras del presidente.
—En cualquier caso —dijo finalmente la primera investigadora—, en este momento tan sólo podemos hacer uso de medidas paliativas. Por suerte, no es una enfermedad mortal en personas con un sistema inmune normal. Recomendaría especial atención a sectores vulnerables.
—Por otro lado, distintas universidades de estados unidos están trabajando en potenciales tratamientos —dijo la segunda investigadora. La colaboración internacional es grande, de modo que se podría utilizar un protocolo para traer el tratamiento tan pronto como sea desarrollado.
—Gracias por venir —concluyó el presidente. El asesor dio la mano a los tres investigadores, que salieron por la puerta.
—¿Cuál será el discurso oficial? —preguntó el asesor al cerrar la puerta.
—Yo que sé. Algo así como que la enfermedad está siendo estudiada por toda la comunidad internacional y que los tratamientos están a punto. No conviene generar más alerta.

Mientras, los tres científicos comentaban la reunión en la salida del edificio presidencial. En ese momento sonó el móvil de una de las científicas.
—¿Marina? —dijo la voz detrás del auricular.
—Si, ya hemos salido —contestó Marina.
—Nada, que he vuelto a hacer el experimento y no sale igual —respondió el becario de Marina.
—Vale. ¿Puedes repetirlo otra vez?
—Ya, es que no nos queda más reactivo. Hay que pedir, ¿puedes venir a firmar la hoja de pedido?
—Pues… —Marina se quedó unos segundos pensativa—, pues es que no podemos usar dinero del proyecto. ¿Por qué no vuelves a mirar los datos?
—Está bien —y colgó.
—Marina, ¿no sería mejor que mandases a tu becario de estancia al grupo de Johnson? Igual podría hacer allí el screening de compuestos.
—Lo hemos intentado, pero hace un mes que está en paro con una estancia autorizada. Los de administración me han dicho que no podemos usar dinero del instituto, así que tendrá que intentar avanzar con lo que tiene.

Mientras los tres científicos caminaban de vuelta a su instituto, una abuela daba de comer a las palomas en un parque. Una de ellas, bien alimentada con el pan de la anciana, alzó el vuelo hasta el alféizar de su ventana habitual. Descansó plácidamente, agradecida por los rayos de sol y el viento que se deslizaba por sus plumas. Todo sería perfecto de no ser por esos bichos espantosos llenos de patas de debajo de las alas. Tal vez no fue buena idea buscar comida en el contenedor del hospital universitario.