Libros que respiran

Después de escuchar la triste noticia que le dio su abuela, Elena decidió correr hacia el bosque de Alerce que visitaba con su abuelo cuando era pequeña, ni el frío ni la intensa lluvia, impidieron que parara su carrera hacia aquel lugar. Alguna vez había escuchado a su hermano mayor, Francisco, decir que no le gustaba ir a ese bosque, ya que se oían sonidos extraños, como que pareciera que los gigantescos árboles que ahí habitaban susurraran amargamente historias de tiempos antiguos, que se movían en sentido opuesto al viento y que su enorme tamaño los convertía en un ejército de gigantes de madera, dispuestos a atacar a quien quisiera entrar a su terreno.

Los miedos de Francisco se fundamentaban principalmente en el fallecimiento de dos de sus tíos abuelos, los cuales murieron realizando actividades de corta en el bosque, eran tiempos antiguos donde no existían medidas de seguridad y lo empinado e inaccesible del lugar provocaba que a diario se generaran accidentes, muchos de ellos con resultados fatales. Afortunadamente, muy poca gente estaba dispuesta a trabajar bajo esas condiciones y la empresa de explotación Alercera, decidió moverse hacia el Sur, lugar donde también habitaban estos bellos gigantes, esta medida provocó que el bosque quedara con ciertos remanentes intactos y en un estado de conservación maravilloso.

Una vez dentro del bosque, Elena cerró los ojos y los recuerdos con su abuelo recolectando leña y madera en ese lugar, llenaron sus pensamientos. Inmediatamente reconoció los árboles y recordó que del Coigue debían hacer leña y del gigante Alerce debían obtener su valiosa madera. Esta actividad su abuelo la había realizado toda su vida y Elena durante toda su infancia, hasta que el Estado decidió cerrar el lugar e instalar un Parque Nacional en la zona, declarando como Monumento Natural a los Alerces. Poco tiempo después de la creación del parque, su abuelo enfermó y estuvo postrado en una cama por 12 años hasta que la abuela de Elena le comunicó de su muerte.

Estar dentro del bosque a Elena le pareció placentero y hermoso, al estar parada bajo aquellos gigantes de 50 metros de alto, se sintió infinitamente diminuta y a la vez encandilada por los incomparables verdes del lugar. Luego de secarse las lágrimas que se confundían con las gotas de lluvia, decidió sentarse en un viejo tocón y fue allí donde escuchó la voz de su abuelo, las palabras eran de consuelo y pareciera que la abrazaran con el viento. Él le dijo que ahora viviría en ese lugar y nacería nuevamente convertido en un árbol, que descansaría en ese bosque y que podría hablar con el cuando ella lo quisiera. También le contó que no estaría solo ya que ahí habitaban muchas personas que habían trabajado y venerado por milenios los Alerces, y que al igual que él se habían transformado en un maravilloso gigante verde, personas tan antiguas que habían muerto hace más de 3500 años.

Con el abuelo de Elena estarían grandes personajes del pueblo mapuche, naturalistas europeos que habían descrito al maravilloso árbol en sus viajes por el fin del mundo, también estaban los espíritus de los volcanes que habían dejado su huella en los árboles con cada erupción, los espíritus de las lluvias y las sequías que habían pasado por el lugar, también estaban los dos hermanos de su abuelo y finalmente los más importantes de todos, la gente común, la gente sencilla, la gente que alguna vez pasó por ahí y nunca olvidaron tan maravilloso árbol.

Luego de escuchar las palabras de su abuelo, Elena miró con atención el tocón sobre el cual estaba sentada, ahí entendió que la naturaleza es mágica que no solo alberga los espíritus de nuestros antepasados sino que también cuenta una historia, observó fijamente los anillos de aquel Alerce muerto y al pasar la mano por los anillos pudo escuchar la historia que contaba cada uno de ellos, los años de largas lluvias, las talas indiscriminadas que sufrió el bosque y también transportarse a los grandes incendios del pasado.

Sintiendo un alivio profundo en su alma, Elena decidió volver a la casa de su abuela, ahí abrazo el cadáver de su abuelo y puso tierra del bosque en sus manos aún tibias. Le susurró al oído que lo iría a ver seguido e intentaría divulgar la historia que cuentan los Alerces a todo aquel que quisiera escucharla.

Diez años después de la muerte de su abuelo, Elena es una famosa dencronóloga estudia a la especie Fitzroya cuppressoides cuyo nombre común es Alerce, ha construido cronologías de hasta 2000 años y en la puerta de su oficina se lee la frase: “La historia no sólo la cuentan los libros, sino que también los árboles”.