Los ojos del escritor

Esteban tenía una sensación agridulce que no le había dejado descansar aquella noche. Se duchó recitando todas las indicaciones para no olvidar: no comer ni beber, no fumar, llevar los papeles,... Se puso la ropa interior más nueva que encontró. Se afeitó la barba ya cana esquivando los surcos bajo sus pómulos. Su mujer le acompañó en coche al hospital. Cuando llegaron no eran ni las ocho, pero ya empezaba a clarear. A esas horas, aún se dejaba ver algún corrillo de gente charlando en bata blanca junto a la puerta principal, consumiendo el último pitillo de la noche y seguramente el primer café de la mañana.
- Perdone, ¿el quirófano de oftalmología? Nos han dicho que está en el edificio de traumatología.
- Siga recta la cuesta, es el tercer piso de ese edificio que puede ver allí – la muchacha, de pronunciadas ojeras pese a su juventud, señalaba con la misma mano con la que sostenía un cigarrillo casi consumido.
- ¿Esteban Colmenero?
- Sí, soy yo.
- Acompáñeme por favor.
Se despidió con un fuerte abrazo de Claudia, como si fuera a ser el último. Había tenido mucha paciencia en los últimos meses con él. No poder escribir le había sumido en un humor irritable y depresivo. Se dirigió a una habitación con unas taquillas metálicas, algunas destartaladas, un baño y una silla.
Esteban odiaba que le pincharan...pero aquella vez simplemente extendió el brazo, miró al otro lado y se dejó hacer mientras se mordía las uñas de la otra mano.
Un hombre de complexión ancha le acompañó a uno de los quirófanos y le indicó que se tumbara en una camilla. Sus pies congelados, temblaba. Una enfermera de mediana edad con un pijama mostaza, gorro y mascarilla se acercó y, mientras le tapaba con una manta, le dijo:
-Hola...¿Esteban Colmenero?... ¿No será usted el escritor?
-El mismo.
-Leí su última novela... ¿cómo se llamaba?-susurró – La vida de Eric.
- Sí, ya hace tiempo que la escribí...cuando pueda ver seguiré escribiendo...
- Esté tranquilo, todo irá bien...
El anestesista, después de hacerle prácticamente las mismas preguntas que le había hecho el enfermero hacía tan sólo unos minutos, le indicó que fuera respirando hondo y que pensara en algo agradable. Una sensación de embriaguez se apoderó de su mente, sus pensamientos y preocupaciones se evaporaron irremediablemente.

María se despertó a las 6’30h, puso la cafetera mientras se duchaba, desayunó un café con sacarina y dos galletas estando de pie en la cocina, cogió un pequeño bocadillo del congelador, la chaqueta y el bolso y salió de casa. En la calle un frescor húmedo. Pasó el trayecto en autobús entre cabezadas pero, justo antes de llegar a su parada se despertó, como solía ocurrir, por suerte. Caminó hasta el edificio de traumatología casi como una autómata. En el vestuario se cambió de ropa: un pijama mostaza, unas polainas en las zapatillas, un gorro verde sobre el pelo negro aún húmedo y una mascarilla.
- Buenos días. ¿Qué tal Juan?
- Muy bien, ¿y tú?
- Bien. Tenemos un tumor, tres queratoplastias y una vitrectomía.
- Bueno, una mañana entretenida... tendrán que ir a buscar las córneas...
Juan salió a la salita del personal.
- ¿Es usted Esteban Colmenero?
- Sí señor – levantó tímidamente la mirada para contestar mientras se seguía mordiendo una uña.
- ¿Qué tal, cómo está? Yo soy Juan, el enfermero que le atenderá – explicó con una amplia sonrisa sorprendido por la tez marmórea de aquel hombre.
- Pues bien, sin entrar en detalles...
Esteban quedó tumbado sobre la mesa quirúrgica, rígido, frío.
María se acercó en seguida:
-Hola...¿Esteban Colmenero?... ¿No será usted el escritor? – le preguntó mientras extendía una manta cubriendo su lánguido cuerpo.
-El mismo.
-Leí su última novela... ¿cómo se llamaba?-susurró – La vida de Eric.
- Sí, ya hace tiempo que la escribí...
- Esté tranquilo, todo irá bien...
El anestesista, después de hacerle unas preguntas, le indicó que fuera respirando hondo y que pensara en algo agradable... Después le introdujo el tubo de guedel y le ventiló con la mascarilla.
-Laringo...un tubo del 7... ¿así que este hombre es escritor?
- Sí –contestó María mientras le ayudaba a intubar - yo leí su última novela, fue muy vendida hace unos años... la verdad es que me enganchó... – dirigiéndose a la oftalmóloga – ¿quedará bien este ojo? Porque parece que del otro apenas ve desde niño, ¿no? Es ojo único.
- No está claro, es un melanoma muy agresivo. Tiene mal pronóstico. Lo más seguro es que no pueda volver a ver... es muy joven pero no se puede hacer mucho por él… Como decía un viejo profesor de mi facultad, la medicina está para contrarrestar los azotes de la naturaleza, pero hay que asumir sus límites.